sábado, 20 de mayo de 2017

Cucarachas



                                                                                 

Cansada del terror a las cucarachas, se me ocurrió al ver aparecer una -en esa madrugada de estudio encerrada en la cocina- como muñeca rusa encerrarla a ella también, pero  en un frasco de vidrio, por un lado para controlar sus movimientos, por otro para observarla detenidamente, ya que había escuchado que las fobias se curaban transitando el encuentro con sus detonadores. La miré minuciosamente, mientras los apuntes de historia del arte 1 resultaban una escenografía dulzona comparada con el siniestro insecto, que para mí era más que insecto. ¿Más que insecto? Quiero decir que le daba un poder superlativo ni bien la veía aparecer con su oscuridad, y sus patas peludas. Mi primera psicóloga se rió a las carcajadas cuando relaté con histrionismo  y con cierto pudor a la vez, que había tenido un encuentro estremecedor con el insecto. Sucedió una tarde en que lavaba una ropa a mano en el lavadero, todavía vivía en lo de mis padres, cuando de repente – entre enjuague y enjuague en el balde, en ese gesto típico de retorcida de los tejidos con ambas manos, levanto la vista apelada por no sé qué y ahí estaba en la pared gris una flor de cucaracha zarandeando las antenas a diestra y siniestra, sus patas bien agarraditas a la pintura, sus marrones negruzcos colores del cuerpo la hacían repugnantemente lustrosa, ay, tuve miedo y al instante grité muy fuerte y ella corrió por la pared, ella, sin género corrió. Le conté a Luisa y, como dije, se rió  y me preguntó con tono suspicaz: “Pero Andrea ¿ las cucarachas tienen oídos?” - Supongo que sí…y me aplaqué ante su risa que le hacía poner la cara roja y brillante. -Supongo que escuchará…porque salió corriendo cuando grité, le dije. Mientras hablaba, ya un poco nerviosa por sentirme motivo de risa,  me iba imaginando el agujero del oído de la cucaracha, el tímpano, y yo también me sonrojé, entonces concluimos que seguramente el insecto me intuyó por las antenas y el aire en movimiento  por  mi grito y todo eso. Volviendo al frasco de vidrio, ese día la encerré y la observé con la voluntad de sacarme el miedo hacia ella. Se me aflojaban las piernas mientras observaba sus patas  apoyadas al vidrio, por momentos resbalándose y volviendo a erguirse; sus patas: digamos jamones torneados, de varios tonos, todo en la gama de los tierras, color con el que yo pinté mucho tiempo y aún hoy a veces. Su caparazón alado emitía brillo por la luz que lo bañaba, su parte interior, ¿panza? Era más clara, muy compleja y  simétrica. Parecía un ser con armadura. Pensé en todo cuando la miraba, su cabeza  y cuello. ¿Por qué le tenía tanto miedo? Pensé que si la soltaba podía volar y venírseme a la cara, quizás a la boca, como mi mamá me contó que de chica  le pasó - cuando casi era bebé-  que le entró una cigarra en la boca, y era grande , y mi abuela se la arrancó y mi mamá se quedó con la cabeza en la boca. Me había dado asco y terror esa historia. Quizás me imaginaba algo así, imaginarme morder algo así e intuir su sonido y algún jugo feo. Además la cucaracha era un insecto grande y bastante rápido, no como los bichos con los que jugaba de niña: el inofensivo bicho bolita, o el de san Antonio tan dulce, sí era grande el cascarudo, pero parecía de plástico, con su color uniforme y encima era lentísimo, de ese sí podía huir. El cascarudo sería como Frankestein por lo lento y la cucaracha como Drácula, veloz, volador y versátil, mi monstruo más temido de la infancia. También llegué a pensar que todo el miedo tendría que ver con la chancleta con que mi mamá -si nos alcanzaba- nos pegaba, era de color blanco amarillento nacarado y con esa mi mamá mataba a las cucarachas cuando se animaba, porque ella les tenía y -aún hoy les tiene-  terror (es más , hace poco me contó aliviada que se anima a matarlas con el aerosol)  Mi hija me vio correr y gritar varias veces ante una cucaracha pero no heredó mi miedo, pero le dan terror las arañas, que a mí ni fú ni fá, bueno, a no ser que aparezca una tarántula en algún lugar inesperado. Yo también anduve hace un tiempo con el insecticida en aerosol, pero el problema es que me da lástima verlas sufrir, así que al par que habré matado casi le vacié  el insecticida para que la muerte llegara pronto. A veces, cuando veo una cucaracha y mi marido la mata (encima le da pena y exclama -luego del crujido que imagino porque me tapo los oídos o canto- : ¡pobre bicho!)  sucede que me parece que cualquier manchita es una de ellas. Mancha más que manchita, porque las chiquitas no me dan miedo. Esa noche, estudiando los egipcios en la cocina, historia del arte 1, la miré a través del vidrio, no hubo caso, pasé un papel rígido por debajo del frasco, lo sostuve  con una mano por arriba y con otra por abajo y fui a soltar  la cucaracha a la calle, yo no podía matarla, pero la quería bien lejos de mí. Quizás me acordé de la máxima que San Martín le decía a su hija al querer matar una mosca y que me contaba de chica mi mamá: en el mundo hay lugar para las dos.


                                                                                  A.C  





viernes, 12 de mayo de 2017

Te vi...



El mes pasado fuimos con los chicos de quinto y sexto al museo Quinquela Martín de La Boca, paseamos por Caminito y caminamos al costado del Riachuelo por la vereda de adoquines coloridos. Sacamos muchas fotos. Al mediodía de ese hermoso día de sol  comenzamos a subir al micro, yo estaba a unos metros, barriendo con la mirada en gesto obsesivo a ver si quedaba algún chico ( digo obsesivo porque ya los habíamos contado) cuando vi una imagen , un encuadre, que me sugirió de inmediato ser fotografiada. Me apuré y la saqué, y corriendo volví al micro.










Pensé que la imagen me convocaba, y me recordaba algo, ese clima de tranquilidad, las personas sentadas frente al río, una quizás a punto de almorzar, un puente... No sólo era lo visible de  la imagen aquello que me traía un eco, sino algo emotivo, estético, una música quizás. A los días, mientras descargaba las fotos a la computadora, me acordé a qué  me recordaba.












A la entrañable imagen de  Manhattan, de Woody Allen. En contraluz, la pareja sentada frente al río, el puente. Me acordé también de los engramas de Aby Warburg, esas imágenes que tienen capacidad de pervivencia en la memoria individual o colectiva. 
La imagen de La Boca, captada en unos segundos vino con la carga extra de otra, vista hace años, ese contraluz, un banco, un puente, una música, una carga de sensaciones.Cuántas resonancias de imágenes nos guiarán más o menos concientemente al producir las nuestras.


                                                                      A.C