martes, 11 de abril de 2017

La ventana de Santiago


                                                           Andrea Cacho


Hay una ventana en Santiago de Compostela, sí, hay muchas, pero hay una en el techo de una buhardilla, entre varias. Está en el centro, inclinada, y su vidrio traslúcido muestra – además del cielo- los edificios de la plaza principal. Por esa ventana miré, también probé abrir su vidrio y me sopló un viento fresco de enero en la cara.
Hay una ventana en Santiago de Compostela, en esa buhardilla impecable, luminosa de sol y de luna, y llena de madera. La miro mucho y me @ tanto. A través de ella se cuelan los edificios de la plaza, la aguja de la catedral, edificios altos, tostados y barrocos.
¿Mi abuelo habrá pasado por esta calle? Quizás había sólo aire en lugar de este apartamento.
La buhardilla me hechiza y su brebaje me pone el ánimo deseante, bullente, un poco megalómano. Se dibujan ideas mirando la ventana. Se me ocurre que de esta belleza pueden nacer ideas floridas. Pareciera que casi todo es posible.
La ventana como artefacto de mediación entre la intemperie y el cobijo, también encuadre de mundos, de copas de árboles, de los cambios de matices del cielo, de arquitecturas diacrónicas, se ofrece como un film con profundidad de campo, donde todo aparece ante la vista, colándose la “ambigüedad de lo real”. Un film con tiempos muertos que permiten habitarlos y dejan al pensamiento enhebrar ideas.
Barro con la mirada la buhardilla y se me presenta Álvaro de Campos, el intenso heterónimo de Pessoa. Salpican el lugar sus sueños de genio de la buhardilla entre tantos que creen también serlo. Te vi Pessoa en Lisboa, antes de llegar a Santiago, y es verdad que Lisboa resplandece, hasta obligarnos a pestañear dosificando la luz que se refleja por todas partes, desde sus muros azulejados  a sus pavimentos de piedra lustrosa. Me daba pudor acercarme a tu estatua al frente de A Brasilera para sacarme una  foto. Todos tomaban su café en la vereda, el tranvía se colmaba de pasajeros, una joven elegante, con zapatos rojos, escuchaba atenta a un escritor que quería venderle su novela. Ella cortésmente lo escuchaba y con una sonrisa cordial se alejó sin comprarla. El escritor buscaba con la mirada a otros, por las dudas miré para otro lado, por timidez o vagancia. Además, quería disfrutar ese momento de observar y hasta oler Lisboa. Mis sentidos se llenaban, y algo de eso se está derramando en estas palabras. Escuchar al escritor me hubiera llevado a otra escena, además no deseaba transpirar. Por fin me animé y me senté en el banco de bronce que acompaña a la estatua de Pessoa. Muchos se sacaban fotos, y eso hice. Posé tomando la mano fría, me puse casi seria, ya que pensé que era el mejor gesto para acompañar a Álvaro. Y quedamos unos segundos de la mano, y volví a vivenciar el poder de las imágenes, en este caso la estatua, que hace que les demos una entidad vital. Y de paso me acuerdo el relato de un compañero de Bellas Artes, que hizo un grupo de esculturas para una iglesia y visitándola un día, vio cómo los fieles las acariciaban, les hablaban, mientras él recordaba el trabajo que le habían dado, que sólo eran esculturas, las miraba sin el halo divino que ahora le conferían: su nueva aura.
El mundo se armaba de nuevo, como en Tabaquería.
La ventana de Santiago me deja ver la lluvia, me regala un arco iris y el  recuerdo de otras ventanas, como la del libro acordeón en el que dibujé varias y que se perdió camino a una exposición. Las ventanas no sólo iluminan, ventilan, en relación al plano físico o material, sino también a las ideas. Si tuviera un taller así, pensé, y en la imaginación se empezó armar la genia de la buhardilla…mirando la ventana gritaría: ¡mundo! Prepárense ¡allí voy!...cada vez que quisiera contar algo. Beber la luz de esa ventana sería más potente que cualquier estímulo. ¿Hace falta tanta escenografía para crear?
Cuando tenía ocho o nueve años, mi abuelo me dijo un día desde su cama - en la que pasaba mucho tiempo - : - Córreme la cortina, quiero ver las montañas. Asombrada le dije: -¿Qué? – Que me corras las cortinas, quiero ver las montañas. – Abuelo ¿Qué te pasa?, le pregunté perpleja, y agregué: - si no hay montañas…está el jardín. Entonces, me habló de las montañas de su Santiago, y del caballo con que paseaba y creí que el abuelo soñaba despierto. Mamá después me dijo que tenía algo así como demencia, por su edad, y que por lo visto recordaba su tierra. Mamá siempre decía, aún hoy, que lo mejor es quedarse en su país, ella es italiana. Yo, de chica, pensaba que si ella se quedaba en su país, no hubiera conocido a mi papá, y por lo tanto mi hermana y yo no hubiésemos nacido. Pero bueno, esta lógica no conducía a  ninguna parte. Su frase siempre me hizo empatizar con su desarraigo, y cuando digo esto me viene una cascada de relatos que  me hizo de su niñez en su pueblo de Toscana, donde vivió hasta los nueve años. Así, mi abuelo creía estar en su tierra durante los últimos años de su vida.
La ventana de Santiago me mostraba una ciudad que no habito, de la que apenas intuí su pulso, bella por todos lados, y también ajena.
En la buhardilla vemos TV y nos enteramos lo que muestran los medios de España, mientras nuestros celulares nos traen la cercanía y abrigo de nuestros afectos y  tristes noticias de la Argentina.
Mi hija hizo un increíble dibujo de lo que veía por la ventana, los edificios con sus techos y colorido.
Antes de seguir viaje hacia Oviedo, me propuse averiguar si era posible poner una ventana en el techo de casa, así, como la que cuento. Sí, habría más luz, y esa magia, y el genio creador. Ya en Buenos Aires, y en casa, busqué en la web y encontré una igual. ¿Pero igual? Sólo su aspecto, su marco. Pero la ventana no venía con el cielo estrellado de aquel sábado y todo un arco de sensaciones y emociones. Le saqué algunas fotos a la ventana de Santiago. Me va a acompañar quizás mucho tiempo su recuerdo, recuerdo de ese momento mágico en que estábamos los tres felices, a pesar de todo.
Si viniera un extraterrestre y, señalándome esa ventana me preguntara:    -¿Y esto…qué es? Le respondería: un dispositivo para soñar despierto.
                                               
                                                             A.C  ©






4 comentarios:

  1. Las tristes noticias de la Argentina eran, entre otras , el aumento del desempleo y la pobreza.

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  2. Fernando Pessoa
    Tabaquería
    No soy nada.
    Nunca seré nada.
    No puedo querer ser nada.
    Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

    Ventanas de mi cuarto,
    de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
    (y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
    dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
    a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
    real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
    con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
    con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
    con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

    Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
    Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
    y no tuviese otra fraternidad con las cosas
    que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
    la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
    desde dentro de mi cabeza,
    y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

    Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
    Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
    a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
    y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

    He fracasado en todo.
    Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
    El aprendizaje que me impartieron,
    me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
    Me fui al campo con grandes proyectos.
    Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
    y cuando había gente era igual que la otra.
    Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
    ¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
    ¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
    ¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
    ¿Un genio? En este momento
    cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
    y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
    ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
    No, no creo en mí.
    ¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
    Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

    No, ni en mí...
    ¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
    no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
    ¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
    -sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
    y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
    ni encontrarán quien les preste oídos?
    El mundo es para quien nace para conquistarlo
    y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
    He soñado más que lo que hizo Napoleón.
    He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
    he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
    Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
    aunque no viva en ella;
    seré siempre el que no ha nacido para eso;
    seré siempre el que tenía condiciones;
    seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
    y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
    y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
    ¿Creer en mí? No, ni en nada.
    Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
    su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
    y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
    Esclavos cardíacos de las estrellas,
    conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
    pero nos despertamos y es opaco,
    nos levantamos y es ajeno,
    salimos de casa y es la tierra entera,
    y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

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  3. A veces uno cree que teniendo un objeto determinado, un perfume, algo, se puede revivir una sensación o estado de plenitud, de completud, pero no se puede ya restituir, el deseo se saciará y se hambrerá en múltiples desplazamientos.Esa ventana de Santiago quedó allá y por más que te la envién por encomienda, me permito deciros, ya no será más aquella. Aquella ya no existe pero quizás...

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