domingo, 16 de abril de 2017

Keep scrolling



18 de febrero
Cinco veces me bloqueó; ya es suficiente. Se parece mucho a una obsesión de mi parte, y a una resistencia caprichosa de parte de él. Una negativa obstinada, un horror al vacío, una huida hacia adelante. Ya me inquieta su insistencia en rechazarme, tanto que tiendo a pensar que sólo se desprecia lo que alguna vez se deseó. Deseos vanos.

25 de febrero
De nuevo lo stalkeo y descubro en su portada una placa que dice "you are an addict; keep scrolling" Siento me habla a mi. Es bastante vergonzante porque sabe que rolleo cual enredadera. Pero pensar que piensa en mí al punto de mandarme indirectas, aunque no sean muy halagadoras, me halaga. Piensa en mí .Ice man.
No me odia ni me quiere, no lo suficiente como para descongelarse.

7 de marzo
Sigo metiéndome en sus cosas pero para nada ,porque no publica nada público. O algo, esa foto de una rubia alta y flaca como le gustan a él. Una modelo, joven, de jeans rotos. Si sigo pensando que lo que pone es para mandarme indirectas a mí, el mensaje es claro: "estas son las mujeres que me gustan, que me atraen, y como ves, vos no tenes nada que ver." Pero creo que es una exageración pensar que su pensamiento vaya por ese lado. A veces me concentro en pensar en él como si pudiera a voluntad hacer que  piense en mí. Que se acuerde de nuestras charlas, de las veces, pocas, en que le parecí merecedora de una de sus sonrisas. Por que pasó, una o dos veces me miró y me sonrió. Pero sé que es inútil, un sueño demasiado insistente y recurrente, un capricho, una aspiración romántica en la que él es extranjero. Al menos con respecto a mí. Sé que se enamora por periodos cortos, pero intensos, se aburre. ¿Habrá pasado eso conmigo? Improbable.

J.

martes, 11 de abril de 2017

La ventana de Santiago


                                                           Andrea Cacho


Hay una ventana en Santiago de Compostela, sí, hay muchas, pero hay una en el techo de una buhardilla, entre varias. Está en el centro, inclinada, y su vidrio traslúcido muestra – además del cielo- los edificios de la plaza principal. Por esa ventana miré, también probé abrir su vidrio y me sopló un viento fresco de enero en la cara.
Hay una ventana en Santiago de Compostela, en esa buhardilla impecable, luminosa de sol y de luna, y llena de madera. La miro mucho y me @ tanto. A través de ella se cuelan los edificios de la plaza, la aguja de la catedral, edificios altos, tostados y barrocos.
¿Mi abuelo habrá pasado por esta calle? Quizás había sólo aire en lugar de este apartamento.
La buhardilla me hechiza y su brebaje me pone el ánimo deseante, bullente, un poco megalómano. Se dibujan ideas mirando la ventana. Se me ocurre que de esta belleza pueden nacer ideas floridas. Pareciera que casi todo es posible.
La ventana como artefacto de mediación entre la intemperie y el cobijo, también encuadre de mundos, de copas de árboles, de los cambios de matices del cielo, de arquitecturas diacrónicas, se ofrece como un film con profundidad de campo, donde todo aparece ante la vista, colándose la “ambigüedad de lo real”. Un film con tiempos muertos que permiten habitarlos y dejan al pensamiento enhebrar ideas.
Barro con la mirada la buhardilla y se me presenta Álvaro de Campos, el intenso heterónimo de Pessoa. Salpican el lugar sus sueños de genio de la buhardilla entre tantos que creen también serlo. Te vi Pessoa en Lisboa, antes de llegar a Santiago, y es verdad que Lisboa resplandece, hasta obligarnos a pestañear dosificando la luz que se refleja por todas partes, desde sus muros azulejados  a sus pavimentos de piedra lustrosa. Me daba pudor acercarme a tu estatua al frente de A Brasilera para sacarme una  foto. Todos tomaban su café en la vereda, el tranvía se colmaba de pasajeros, una joven elegante, con zapatos rojos, escuchaba atenta a un escritor que quería venderle su novela. Ella cortésmente lo escuchaba y con una sonrisa cordial se alejó sin comprarla. El escritor buscaba con la mirada a otros, por las dudas miré para otro lado, por timidez o vagancia. Además, quería disfrutar ese momento de observar y hasta oler Lisboa. Mis sentidos se llenaban, y algo de eso se está derramando en estas palabras. Escuchar al escritor me hubiera llevado a otra escena, además no deseaba transpirar. Por fin me animé y me senté en el banco de bronce que acompaña a la estatua de Pessoa. Muchos se sacaban fotos, y eso hice. Posé tomando la mano fría, me puse casi seria, ya que pensé que era el mejor gesto para acompañar a Álvaro. Y quedamos unos segundos de la mano, y volví a vivenciar el poder de las imágenes, en este caso la estatua, que hace que les demos una entidad vital. Y de paso me acuerdo el relato de un compañero de Bellas Artes, que hizo un grupo de esculturas para una iglesia y visitándola un día, vio cómo los fieles las acariciaban, les hablaban, mientras él recordaba el trabajo que le habían dado, que sólo eran esculturas, las miraba sin el halo divino que ahora le conferían: su nueva aura.
El mundo se armaba de nuevo, como en Tabaquería.
La ventana de Santiago me deja ver la lluvia, me regala un arco iris y el  recuerdo de otras ventanas, como la del libro acordeón en el que dibujé varias y que se perdió camino a una exposición. Las ventanas no sólo iluminan, ventilan, en relación al plano físico o material, sino también a las ideas. Si tuviera un taller así, pensé, y en la imaginación se empezó armar la genia de la buhardilla…mirando la ventana gritaría: ¡mundo! Prepárense ¡allí voy!...cada vez que quisiera contar algo. Beber la luz de esa ventana sería más potente que cualquier estímulo. ¿Hace falta tanta escenografía para crear?
Cuando tenía ocho o nueve años, mi abuelo me dijo un día desde su cama - en la que pasaba mucho tiempo - : - Córreme la cortina, quiero ver las montañas. Asombrada le dije: -¿Qué? – Que me corras las cortinas, quiero ver las montañas. – Abuelo ¿Qué te pasa?, le pregunté perpleja, y agregué: - si no hay montañas…está el jardín. Entonces, me habló de las montañas de su Santiago, y del caballo con que paseaba y creí que el abuelo soñaba despierto. Mamá después me dijo que tenía algo así como demencia, por su edad, y que por lo visto recordaba su tierra. Mamá siempre decía, aún hoy, que lo mejor es quedarse en su país, ella es italiana. Yo, de chica, pensaba que si ella se quedaba en su país, no hubiera conocido a mi papá, y por lo tanto mi hermana y yo no hubiésemos nacido. Pero bueno, esta lógica no conducía a  ninguna parte. Su frase siempre me hizo empatizar con su desarraigo, y cuando digo esto me viene una cascada de relatos que  me hizo de su niñez en su pueblo de Toscana, donde vivió hasta los nueve años. Así, mi abuelo creía estar en su tierra durante los últimos años de su vida.
La ventana de Santiago me mostraba una ciudad que no habito, de la que apenas intuí su pulso, bella por todos lados, y también ajena.
En la buhardilla vemos TV y nos enteramos lo que muestran los medios de España, mientras nuestros celulares nos traen la cercanía y abrigo de nuestros afectos y  tristes noticias de la Argentina.
Mi hija hizo un increíble dibujo de lo que veía por la ventana, los edificios con sus techos y colorido.
Antes de seguir viaje hacia Oviedo, me propuse averiguar si era posible poner una ventana en el techo de casa, así, como la que cuento. Sí, habría más luz, y esa magia, y el genio creador. Ya en Buenos Aires, y en casa, busqué en la web y encontré una igual. ¿Pero igual? Sólo su aspecto, su marco. Pero la ventana no venía con el cielo estrellado de aquel sábado y todo un arco de sensaciones y emociones. Le saqué algunas fotos a la ventana de Santiago. Me va a acompañar quizás mucho tiempo su recuerdo, recuerdo de ese momento mágico en que estábamos los tres felices, a pesar de todo.
Si viniera un extraterrestre y, señalándome esa ventana me preguntara:    -¿Y esto…qué es? Le respondería: un dispositivo para soñar despierto.
                                               
                                                             A.C