jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdo desmembrado

De todo no me acuerdo, aunque a veces me crea Funes

El árbol de la esquina de mi casa era un bello jacarandá, lo recuerdo florido.  El árbol estaba en  la vereda de la casa de Javier.  Creo que sus padres eran españoles. Un poco me gustaba el chico, un tiempo al menos.
Sólo recuerdo la escena de los gatos en el jacarandá  en media res y un nudo en la garganta. Si me preguntaran diría que tenía seis años en ese entonces, sospechosamente es la edad que tengo en la mayoría de mis recuerdos infantiles.
Había tres o cuatro gatitos muertos. Imágenes de bellos gatitos, pero también de masas deformes de vísceras, mucho gris, mucho rojo, ocres. No sé si uno todavía estaba vivo (quizás me confundo con un gato que vi de adolescente desde el colectivo, creo que era en Nazca, justo vi el instante en que – con el cuerpo pegado al piso- recostaba su cabeza entregado, o porque no daba más, o  para morir…justo en “Nazca”. Me acongojó esa visión del gato en medio de la avenida entre el barullo de los motores y el  asfalto áspero y duro).
Eran tres niños los que jugaban con los gatitos y la muerte; creo que uno era el mismo Javier. Hurgaban con palitos y ¿tal vez un cuchillo?  Revolvían en los cuerpos, se reían. Yo veía algo muy malo, lo veía, creo que no hacía nada para impedir la acción, o no lo recuerdo. ¿Impotencia? Sí estupefacción, tristeza, nunca había visto reír y desmembrar. Sí desmembrar en la carnicería del mercadito de Jonte, con la mano rosada por la sangre y los anillos de oro engrasados del carnicero. Y la máquina de picar expulsando los choricitos rojos. Pero esto nunca. Risas, carcajadas, y los gatitos muertos con sus interiores al aire. No me acuerdo si mi hermana estaba conmigo, creo que sí. Al fin poco me acuerdo. Bronca hacia esos niños. Mirar y saber que no lo olvidaría más. Como lo del gato en Nazca.
La sangre entre las flores celeste violáceas del jacarandá (la Minaglia decía azul violado, bromeábamos entre los compañeros de bellas artes, pero rechazo usar la palabra violación para algo que no sea violento)
Los gatitos muertos, sí, con el colchón de tierra y flores. Encima a veces me viene la imagen de uno que lo muestra vivo y de pronto lo clavan en el tronco del árbol, todo a las apuradas, como sabiendo de hacer algo malo y aún reírse.
Me fui a casa y sabía que no lo olvidaba más. Creo que ni lo conté, creo también que sentía vergüenza .Y yo no pude impedir nada y encima había mirado. Tristeza, y un nudo en la garganta.
Hace unos días, en el banco de abdominales de la plaza, entre el esfuerzo y la transpiración, miro- cada vez que subo con el torso- y veo que estoy a los pies de un bello jacarandá cubierto de flores, y mientras cuento una serie , y con el sonido de los loros a viva voz, veo que el rosa casi es fucsia, admiro la belleza de la imagen y me digo que seguro ese momento no lo voy a recordar…
Y me acuerdo de los gatitos y que lo voy a escribir. No recuerdo mucho. Si un gatito estaba vivo, quizás podría haberlo salvado, impedir que el chico que me gustaba siga con la carnicería. Creo que había una mirada de gatito latiendo.
Presenciaba algo que nunca había imaginado.
Hoy fui a la plaza,  desde el banco de los abdominales, asombrada, vi que el árbol a todas luces no es un jacarandá. Es un palo borracho, con su tronco panzón y sus flores rosadas, me sorprendí pensando qué filtros tendría esa mañana mi mirada para que haya vestido al árbol de jacarandá, quizás preparé el terreno para contar esta historia y arrojar estas cenizas de recuerdos desmembrados al mar del olvido.




                                                                     A.C