viernes, 15 de diciembre de 2017

No quiero estar enamorada






Incongruencias como poner los anteojos en la heladera.
Levantarse a la madrugada como si fuese el mediodía,
sonreír sola por la calle, con alguna carcajadita,
aunque alrededor reine la hostilidad,
conocer involuntariamente
distintas etapas de  carbonización de los alimentos,
tener sueños húmedos,
pesadilla húmedas,
ropa húmeda,
mirada húmeda.
Basta.
Supongo que en una semana
puedo manejarlo.
Pasará.
Tengo martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo, lunes:
todo eso.
Una vez , en una semana me olvidé de una tragedia.
Puedo con esto.
Me llenaré con algo.Alguna novedad, algún postre, una serie, algo, yo sé.
Perderé una gema,
como perdí mis aros escarabajo
en un triste descuido.
Esta displicencia ,
quizás no sea una pose,
o sí.
Sí, es.
¡Yo qué sé!
¡Basta!
Quiero volver a la senda.
Tengo mucho que hacer.
Basta.
Flechas: ¡toquen al aire, y
mí no me toquen!

                                                           M.H



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Bachelard o por qué no miro.



                                                                     Ilus: Andrea Cacho




Odio ver deporte, la felicidad es practicarlo.
Lo mismo con las películas porno.
Lo mismo con el arte.
El colmo de la autorreferencialidad.
Pero leer lo que escriben los otros: todavía sí, quizás porque no me siento escritora posta.
Ver lo que filman otros: ya casi no. Mismos motivos que arriba.
Me lo paso en los teatros, porque todavía no me animo a actuar.
Quizás es ensimismamiento, como decía mi madre. 
O que antes de producir algo, hay un aleteo que no quiere ser interceptado por lo que hicieron otros, tal vez una fantasía de pureza de algún tipo, de una búsqueda mal planteada de lo genuino, un obstáculo epistemológico.
Miro poco, salvo las omnipresentes redes que ya saben. Mientras bajo las persianas, igual todo sigue existiendo en todos los rincones, floreciendo y bullendo , sin mí.


                                                    Luisa R.



Clima de época o el eterno retorno de lo peor



                                     
                                                                              Ilustración: Andrea Cacho         


                                                        Mientras le reza a su dios
                                                       para que su niña sea feliz
                                                  y proclama educarla en el amor,
                                        bromea  e ironiza sobre la muerte de un joven
                                                          asesinado por el estado
                                                                   por apoyar
                                                               una causa digna.


                                                                               M.H
                                                                                               


                                                         


domingo, 10 de diciembre de 2017

Las paredes convocan


Ciudad de Buenos Aires. Barrio Monte Castro. Esquina Lascano y Pasaje José Verdi.
El año pasado tomo la foto de abajo, de la esquina de mi primer beso, con la idea de escribir un relato y acompañarlo con la imagen. 
Cuando veo la foto en la computadora leo la imagen del graffiti: "El que no lucha, se deja". Me viene bien leer eso, me sorprende cómo se ajusta a la coyuntura del momento. Celebro el guiño casual de haber dado con la pared.





Este año, hace unos meses, paso de nuevo por la esquina y veo el cambio. Veo que- como tantos graffitis en el barrio  y la ciudad - ha sido cubierto con pintura blanca y gris oscuro. La pared está sin revocar, los vidrios siguen rotos, la blanqueada es hasta cierta altura, algo hecho de manera torpe para cubrir, seguramente dar aspecto de "orden " a las miradas apuradas que transitan el lugar, nada de fondo, sólo apariencia, sólo fachada.






Mi foto del graffiti rescata el atributo de la fotografía de mostrar lo que ya no está.
A los que pasen por este blog, haciendo una posta a los graffiteros y su mensaje, les comparto aquél aspecto - que se tapó, pero perdura en la foto-   y su apelación:
                               

                                 " El que no lucha se deja"






                                  a.c

En la escuela , un fogón verde






La semana pasada estaba en el taller con cuatro chicas de primer grado, invitadas a pintar fondos para un corto que vamos a hacer con los demás compañeros. Dos pintaban un cielo; las otras, pasto. En un momento Sofía, mientras pinta con el pincel embadurnado de verde el cartón, y sin levantar la vista me dice con su voz ronca y de tono lentísimo:

-                Seño, sabés que mi psicóloga me enseñó a hacer un barquito de papel.

-                Ah, mirá, qué bueno.

Cuando le iba a preguntar sobre el barquito, María agrega:

-              Mi psicóloga también me enseña cosas, dibujo con ella.

  Ah, María, vos vas también a la psicóloga, le digo, entre preguntando y afirmando. Entonces, las otras dos chicas comentan: yo también voy, yo también voy. Y en el breve silencio que sigue, agrego:


-          Yo también voy.


Y dudo un instante si el comentario estuvo de más, a ver si las abrumo comentando que pueden ir hasta  mi edad, a la vez que pienso que yendo tan de chicas, quizás no les haga falta después. En las décimas de segundo que duran estos pensamientos, y en respuesta casi instantánea a mi “yo también voy”, Sofía me mira y pregunta:


-         ¿A qué le tenés miedo?


En los dos segundos que tardé en responder, otra vez se desplegaron sensaciones e ideas. Miraba a Sofía desde un picado, con extrañamiento: ¿hay un ventrílocuo? ¿quién me está preguntando tan frontalmente a qué le tengo miedo? ¿Voy a terapia porque tengo miedo? La niña me pregunta por mis miedos, y siento que se esfuman nuestras edades. El picado muta y estamos a la misma altura. Me pregunta desde una paz infinita, con un gesto sin prejuicio, con interés, mientras se desliza el verde. Me emociona, me empaña la mirada y me llena de ternura. Entonces, después de esos dos segundos, le contesto:


-       La verdad: a muchas cosas. Pero te voy a contar una : le tengo miedo a las cucarachas.

Sofía asiente, con un gesto de compresión.


-            ¿Y vos Sofía? ¿tenés algún miedo?, le pregunto.


Entonces, mientras me mira y a veces pinta, comienza a nombrar - en un tono casi monótono, como leyendo, o con la memoria de alguien que dijo ese texto muchas veces- una lista de unas quince cosas, de las que recuerdo sólo las primeras, porque la escena me hacia estar ahí y al mismo tiempo pensar que ahí pasaba algo importante y que podía hacer algo con todo eso, ya termina el año, pero un proyecto sobre los propios miedos para el año que viene. Mientras enumeraba los miedos con esa vocecita ronca, yo sentía que del fondo de los tiempos venía el crepitar de  un fogón y un grupo, y todos animándonos a algo, y ahora un pincel , y colores, una maestra y sus cuatro alumnas, y desde el fondo de los tiempos el ritual de las manos estampadas en las cuevas, y el teñir con la clorofila, y pararse en el mundo, con miedos y todo, y poder nombrarlos para obrar sobre ellos.

Las otras chicas contaron los suyos, mientras pintaban. Las escuché, pero no di ningún consejo ni nada, pero les dije que el año que viene podríamos trabajar nuestros miedos en imágenes, en algún proyecto, que eso nos va a hacer bien.

Lástima que no la recuerde toda, pero la lista de Sofía comenzaba más o menos así:

-            Le tengo miedo a los gritos, a la gente disfrazada, a los payasos, a los perros, a las cucarachas…


Y seguía lenta y frondosa.
                                                

                                                            A.C

miércoles, 6 de diciembre de 2017

7 de diciembre




Si la tristeza tuviera rostro,

créanme: sería el mío.

                       B.J







viernes, 1 de diciembre de 2017

18:50 hs





Estoy por entrar al templo
de la exacerbación de la normalidad,
donde se confirmará o alterará la dosis
para adecuarse a un modo de ser
más uniforme y sin exaltaciones.
Algo para ser yo sin darme cuenta si es
por los miligramos ,ni quién soy sin ellos,
y cuál de las dos vale más la pena…
Con quién mejor podría habitar el tiempo.



                           B.J




lunes, 20 de noviembre de 2017

Teatro: La complicidad de la Inocencia: Terror y miseria de la clase media argentina.





De Adriana Genta y Patricia Zangaro.
Basada en  la obra “Terror y miserias del III Reich” de Bertolt Brecht.



Vimos la obra a principios de año, en Andamio 90. Salimos del teatro con impresiones diversas. Suelo guardar silencio un rato cuando salgo de ver una obra,  y van sedimentando las sensaciones,  configurando ideas. Siempre el teatro me dice algo, de alguien y de mí.

Se suceden escenas.

Un hombre y su mujer. Tv antigua. Él está muy inquieto, mientras escucha el comunicado Nº2 de la junta. Rápidamente vemos que su inquietud se debe a la duda de si se suspenderá el partido de fútbol que se transmite desde Polonia. Él , sentado frente a la tv como Amo de casa, mientras su mujer – con delantal- lo asiste, le lleva una palangana con agua y sal que él mismo le exige- para remojar y descansar los pies. Y hasta que para no perderse el partido, que cree transmitirán, le pide a ella un papagayo para orinar, con tan poco cuidado por la obsesión con el partido, que salpicará por el piso con su orina, ordenándole a su esposa que limpie. En un momento él fogonea una competencia jugándose a que sí irá el partido (para él) y no la novela (para ella). A vos no te la van a dar, vas a ver, el partido sí lo van a dar, más o menos le espeta.

A esta primera escena le suceden otras, algunas más “estilizadas” o teatrales, como la de un matrimonio joven que se ve sacudido cuando él demora en llegar a la casa, a la hora de la cena, porque volviendo del trabajo quedó en medio de un “operativo” en el subte. Se alude al operativo sin describirlo, omisión motorizada por un miedo paralizante. El diálogo de la pareja, así como la gestualidad, respiran los aires de los textos de Ionesco. El conflicto explícito que omite la verdadera fuente del miedo es que se quemaron los canelones, y esta evidencia hay que ocultarla, así lo sabemos por una maraña de frases mecánicas que argumentan que conviene ocultar la quemada de canelones, ya que el motivo es lo que no se quiere nombrar (el operativo) . Llegan a decir que se pondrán de acuerdo en que los canelones no están quemados, que están perfectos, que nada pasó, parece- y no se dice- que el que él haya  estado en el subte en ese momento- lo hubiera sumido en algo ominoso, pegajoso, lo hubiera contagiado de sospecha de algo. Vamos a decir que los canelones estaban bien ¿sí? Comámoslos. No pasó nada en particular. Un diálogo aparentemente trivial que dibuja el contorno de un mapa siniestro de no quedar asociado a, de no querer ser sospechado de.

Luego se despliega una escena en el baño de un bar o boliche, parece que instantes posteriores a otro “operativo”. Dos chicas, adolescentes, entran corriendo aterrorizadas. Una vez en el baño, tampoco se animan a abrir la puerta de uno de los compartimentos, no sabemos bien por qué, hasta que lo van desvelando: por si es un subversivo lastimado o muerto. Otra vez la idea del contagio, de una peste, de la marca en la frente. No se cruza la idea de socorrer a alguien, y si se cruza se la expulsa al instante como un veneno.

Así, se suceden escenas de delación, traición, de pánico al ver que uno confió en alguien muy cordial- contando la desaparición de la pareja- y resulta ser un interlocutor siniestro.

Una escena final parece remitir – con un texto orquestal rítmicamente frenético- a la institución policial/ parapolicial y la escolar. Con una tónica no naturalista, con parlamentos maquinalmente recitados se desenvuelve un interrogatorio arbitrario que desconfía de las palabras que usamos en lo cotidiano, como índices delictivos: como nombrar el color rojo.

En algunas ocasiones, algún personaje menciona una nevada extraña, como una invasión. No podemos dejar de vincular el dato a El Eternauta, de Oesterheld, y estremecernos sabiendo el sentido de aquella nevada  y el destino del escritor y sus familiares.

El miedo recorre las escenas, la indiferencia, la complicidad.
De vez en cuando un personaje con máscara de muerte pregona invitando a poner x centavos en la ranura para ver a las criaturas más siniestras, a las criaturas sin brazos, sin piernas y todo lo inimaginable que ofrecían las ferias. Esta apelación a ver la monstruosidad no era más que una apelación, una convocatoria al nosotros del espectador, que con unos pesos asistimos a esta feria espeluznante de nuestra historia. Los personajes con rostro de calavera enmarcan las escenas e interactúan con los demás.

No está cayendo una nevada de algún extraño lugar, de otro  planeta- sentencian los parlamentos- , sino que estaban entre nosotros.
En el cuerpo social hubo y hay estas fuerzas irreconciliables. El “están entre nosotros” puede ser enunciado por múltiples sujetos con posiciones antagónicas ante el mundo .Están entre nosotros los fachos, los zurdos, miembros de diversos colectivos, etc. El miedo sólo corrompe el posible aire democrático de las instituciones. Las complicidades no sólo se dan  por consenso, por acción, también por omisión.

Lo que esperamos hoy, entre tantas cosas, es saber qué pasó con Santiago Maldonado.

                                                            A.C









domingo, 19 de noviembre de 2017

De Rusia con esperanza




Anhelo los días en que se deje de bombardear a las mujeres con las bondades de las Ondas Rusas para endurecer sus glúteos y más con saber de la Revolución Rusa :para hacer más elástica y fluida la actividad cerebral  , y para beneficio de la vida social.

                                                                           M.H.



viernes, 27 de octubre de 2017

Con locura

Aunque ella me conoce tanto y yo tan poco, cuando salimos por ahí: nos tomamos de las manos y saltamos riendo .Y corremos como niñas. También lloramos, y todo lo que no tiene sentido decir.


                                      B.J

                                        Andrea Cacho


                                                                                 

domingo, 15 de octubre de 2017

En el escenario

Creo que estaba en quinto grado, cuando me tocó estudiar de memoria un texto largo para un  acto del 25 de mayo. Si bien – como la mayoría de las niñas- quería actuar de dama antigua y disfrutar de un bello vestido largo, peinado especial, maquillaje y todo eso,  como tenía voz potente- decían las maestras- , memoria y actitud, casi siempre me elegían para relatar, anunciar la obra, comentar, todo lo que se hacía sólo con guardapolvo. Me consolaba en casa disfrazándome de dama antigua con un vestido que le habían hecho a mi hermana para actuar. Rojo, de plush: peludito, con florcitas de colores en el pecho, no podía ser más lindo.
 Después de practicar muchas veces el parlamento, voy. Era un texto dividido en partes, unas cinco, al comienzo, entre y después de las actuaciones. Ahora que recuerdo, cada párrafo iba precedido por una fecha, de la semana de mayo. Una parte del comienzo decía:… “algunos venían de sus clásicas reuniones sociales. Cuando, de pronto…”  Pero antes de decir esto, en el comienzo, frente a un público numeroso, ni bien comienzo a hablar, los miro, siento una densidad distinta en el aire, me ronda de pronto la loca idea de mirar quiénes son, de buscar a mi madre, y en esa observación me quedo en blanco, como Carrie minutos antes que le tiren el balde con sangre de chancho, como en cámara lenta pienso que no recuerdo nada, sólo sé que no sé lo que tengo que decir, siento un silencio espeso que de a poco se ve interrumpido por la llamada de la seño detrás de escena soplándome el parlamento. Me late fuerte el corazón, tengo miedo, sensación de un gran desamparo. En esos segundos de mutismo, algo me atrae como vértigo desde una alta montaña. Estar sola en el escenario, más alta, mirar desde ahí a las personas… hasta que se activa la memoria y arranco como poseída, con gestos y mohines que equilibren tal falta. Cuando termina el acto, bajo, todos aplauden, padres de mis compañeros me felicitan, mi mamá me da un flor de beso, la maestra también; me reconforta ver que a pesar de la laguna recibo todo eso. Me dicen que el texto era difícil, largo y cosas por el estilo. Sentí  cariño, popularidad, miradas de muchos. Me sorprendía que después de mi falta el aplauso fuera superlativo. Estuve mal y me felicitan.
Hasta el día de hoy, cuando hablo frente a un grupo, en una ronda de colegas, en una clase que me genere algún tipo de ansiedad, aparece aquél recuerdo superpuesto. Como si algo en mí buscara equivocarme, hacerme callar, quizás para sentir aquel abrazo rebosante.
Pero claro que cuando me equivoco o me quedo muda, o me enredo en frases sin sentido, no pasa nada, a lo sumo me miran un poco extrañados.

Todavía tengo a esta niña que reclama emociones fuertes. Que espera que equivocarse no sea tan grave, y que encima le respondan con abrazos.

                                                                      A.C


                                                                       
                                                                     





jueves, 5 de octubre de 2017

El chico del pulóver anaranjado con rayas azules





Viajo a terapia en colectivo durante una hora hasta Belgrano. Pasó una tarde de marzo que tomé el colectivo unos minutos antes de lo habitual y llegué temprano. Fui a la plaza cercana al consultorio y empecé a elegir algún banco para sentarme hasta la hora de la sesión. A simple vista estaban todos ocupados, pero encontré uno vacío. Apuré el paso mientras buscaba un cigarrillo en la cartera, cuando vi que se dirigía hacia el asiento elegido un adolescente o cómo decir, un chico saliendo de la adolescencia o bueno, un hombre de unos veintipico. De inmediato me llamó la atención su apariencia, vestía un pulóver y hacía mucho calor. Los colores de la prenda eran muy llamativos, un anaranjado subido con franjas en azul Francia. Lo voy a llamar chico. El chico iba  caminando lentamente y con aspecto de rigidez, no tanto como las momias andantes de las películas pero  más o menos. Tenía el pelo más bien largo, rubio claro, lacio, y rígido también. El jean era celeste claro, como esos llamados prelavados que se usaban hace tiempo. Zapatillas. El pulóver también me hacía acordar a unos de años atrás, con diseño geométrico y bastante largo. Viendo su andar  pétreo pensé que el chico quizás estuviera  drogado o hubiera tomado alcohol o tendría algún problema físico, no sé. También fantaseé que parecía un visitante del pasado recién bajado de la máquina del tiempo y todavía aturdido. Lentamente se sentó en el banco, pero justo en un extremo, dejando las tres cuartas partes libres. Yo ya llegaba al banco cuando pensé mejor buscar otro vacío, como hago siempre. Cuando estaba por pasar por adelante del chico sentado y a punto de encender el cigarrillo  me  dijo con voz tenue: señora, ¿puedo hacerle una pregunta? Y esperó mi respuesta. Sí, le dije, con cara de susto, no sé bien por qué o quizás porque todo lo que había inferido de él. ¿Sería tan amable de regalarme un cigarrillo? Sí, sí, le dije y busqué en la cartera, un tanto sorprendida por el uso del verbo regalar. Tardé bastante en dar de nuevo con el paquete hasta que le ofrecí uno, el que tomó tras acercar el brazo con extrema lentitud hasta mi mano . Le estoy muy agradecido, me dijo. De nada, o está bien, algo así dije sonriendo y retomando veloz la marcha, pero su voz nuevamente me lo impidió al decir: ¿sería tan amable de darme fuego? Sí, sí, le dije, agregando: ¿te molesta si te doy de acá? mostrándole mi cigarrillo prendido y sorteando la búsqueda en la cartera. Está bien, me dijo y tomándolo juntó la pequeña braza con el extremo del suyo apagado y empezó a sorber aire… lentamente. Lo observaba, y vi sus uñas medianamente cortas con mugre oscura debajo. Y pensé en esos largos segundos que quizás hacía tiempo que no se bañaba, o se ensució las manos, o no sé. Lo miré y vi que la rigidez de su cabello dorado era debido a lo mismo, se notaba que el pelo no había sido lavado hace tiempo. Su piel también se veía con aspecto graso, y sus manos me hicieron acordar a las manos del conocido dibujo de Durero, de dedos largos, pero sin nudos visibles, estilizadas, sin arrugas. Me devolvió el cigarrillo y con una leve sonrisa repitió: le estoy muy agradecido. Le devolví la sonrisa y le dije algo así como de nada, chau. Seguí caminado hasta encontrar un banco y pensé en los modales del chico, en sus manos, en su paz extrema. La reiteración del agradecimiento con idénticas palabras y tono me hizo acordar a Bartleby con su calmo y obsesivo “preferiría no hacerlo”.
Los cinco minutos que estuve en la plaza pensé en él, en el misterio que desprendía. Ya se había ido del banco y caminaba rígido con el cigarrillo. Pensé que no me tendría que haber agradecido el pucho, después de todo es una mierda, pero bueno, se entiende, un fumador que se quedó sin tabaco  agradece mucho el gesto. Se hizo la hora y fui a terapia.
A los dos días  se me ocurrió  visitar a mis padres con mi hija. Era una mañana soleada y calurosa. Tomamos unos mates y cuando estábamos por volver a casa mi padre comenzó a sentirse mal, leves mareos, pero como es hipertenso decidió ir a la farmacia para ver cómo andaba su presión. Le dije que lo  acompañaría  pero no quería, insistiendo en que él podía ir solo. Seguí insistiendo y fuimos los tres, de paso nosotras volveríamos a casa después de la farmacia. Una vez ahí le tomaron la presión y resultó  dentro de los parámetros normales. Cuando nos íbamos, me encontré con una compañera del secundario que hacía cuatro años no veía, estaba con su hijo de un año, así que nos quedamos hablando largo rato en la puerta del negocio. Al volver a casa – con mi padre también que insistió en acompañarnos- pensé en cómo cambian sobre la marcha los pequeños planes que uno hace, había seguido el impulso de tomar unos mates una hora nomás en lo de mis viejos y los hechos: mareos, encuentro con mi amiga, habían dilatado la salida más de dos horas.
Cuando estábamos por cruzar la calle de un pasaje a dos cuadras de mi casa y mientras  veníamos hablando animadamente miré  hacia la derecha y lo vi. Dos días después de esa aparición en la plaza el chico de aspecto sedado estaba caminado lentamente por el medio de la calle del pasaje. Como en un déjà vu, la visión era idéntica, misma ropa, mismo andar, mismo estado del pelo, mismo o más calor, sin cigarrillo. Lo miré de nuevo, dándome vuelta y viendo que seguía su marcha calma. Me dio una sensación de extrañeza, como si el libro Buscando a Wally – donde los niños deben buscar a este personaje siempre idéntico en distintos escenarios dibujados con profusión de seres y objetos- se hubiera hecho realidad. Le conté a mi padre: ¿ves a ese chico? Sí, sí. ¿no ves nada raro? Y… sí, camina raro. Seguí: además con este calor está en pulóver. Y sí, hay gente que se viste así con calor. Sí, pero yo lo vi en Belgrano, hace dos días, tan lejos de acá, con la misma ropa, mismo andar, ¿no es una casualidad increíble? Y sí, me dijo. Nada más. Si no hubiera ido a tu casa y a la farmacia y visto a Vanesa no lo hubiera visto. Y que lo haya visto no significa tampoco nada, supongo.
Pensé que son así algunas casualidades o probabilidades estadísticas, o lo que sea, azarosas y sin sentido. Y si tenía algún sentido y acá entramos al resbaladizo mundo de leer los hechos como señales, a mí se me escapa. Quizás tuvo como sentido el que hoy lo recuerde y lo cuente y quién dice alguna vez se me ocurra escribir un cuento dándole sentido a la reiterada visión del chico del pulóver anaranjado con franjas azules.
                                                              
                                                                          A.C (2009)
                                                                                        



jueves, 21 de septiembre de 2017

ENCUENTRO


Ayer me encontré nuevamente cara a cara con el tipo. Justamente a quién menos quería ver. Porque hay gente a la que uno nunca quiere ver, porque infunden temor por lo que son, por nuestros propios prejuicios, o por la cobardía de no querer enfrentarlos porque vienen a dejarnos expuestos.
Lo cierto es que estaba yo sentado en el banco de una plaza viendo pasar lo intrascendente de la vida. Así, entre ángeles y demonios volando por la cabeza, miré a un costado y lo vi. Estaba sentado al lado mío. Primero fue sorpresa pero inmediatamente pasó a ser rabia. Miré a otro lado ignorándolo, técnica que daba resultado porque siempre volvía a su celda. Dejé pasar unos minutos y volví la mirada,  allí seguía.
Tratando de demostrarle que aún conservo esta actitud de autoridad que supo conocer, me paré frente a él y comencé a reprenderlo. Que no tiene nada que hacer aquí a mi lado, que no quiero escuchar que viene a reclamar algo. Bien guardado y protegido lo supe tener. Desagradecido, yo que lo cuidé de todos los males del mundo. Hacerme esto a mí que siempre lo mantuve alejado de toda esa gente que solo buscaba hacerle daño.
Estaba pronto a tomarlo por la fuerza y meterlo preso nuevamente, pero me detuve. Tal vez por curiosidad, tal vez por ver en el rostro del tipo un gesto de doloroso cansancio y soledad,  o por darme cuenta que también yo estaba cansado de tener esta actitud de carcelero permanente. Lo cierto es que me detuve y algo, como una fuerza poderosa, impedía que cumpliera con el objetivo. El tipo seguía firme en su sitio. Así entonces, callado y sin poder mirarlo de frente, me senté nuevamente a su lado ya vencido.
El tipo me observaba con esos ojos de preso inocente y empezó a hablar. Era la primera vez que lo hacía, creo, o tal vez haya sido ayer el primer día que le presté atención.
Quería salir corriendo, pero no pude. Quería gritar pero me quedé sin voz. Y al mismo tiempo que escuchaba su relato, levanté la vista y lo miré de frente. No era la primera vez que lo miraba, pero sentí que era la primera vez que lo reconocía. Supe que algo trascendente estaba ocurriendo. Me hablaba de un mundo que yo creía oscuro y solitario y de pronto comenzaban a abrirse puertas con miles de soles y vidas del otro lado. Poco a poco toda la confusión del comienzo fue transformándose en unión. Y hubo calma donde antes había guerra. Y hubo magia donde antes todo era evidencia.
Ayer, por primera vez descubrí quién es ese tipo que supe tener secuestrado en mi interior, al que algunos llaman “el yo”. Ayer lo liberé para siempre, lloré y reí junto a él, pude verme…y renacer.

Luis Toriglia

viernes, 23 de junio de 2017

Un cielo lleno para mi tío Carlos

                                       
Viernes 2 de junio


                                             
                                           


Mi tío Carlos tenía un cuartito en la casa de mi abuela , lleno de cosas y cositas: bolitas de vidrio de colores, naipes, fotos antiguas, mucho polvo, estantes llenos, cajones con interior de paño rojo, herramientas, objetos que ni sabía qué eran . Entonces, cuando íbamos  a lo de Tina, después de almorzar, visitaba con mi hermana y mi tío el cuartito con ganas de revisar todo. Me acuerdo que tenía una araña embalsamada, de Brasil, con ojitos de vidrio, nos la regaló , estaba en una pequeña caja  de cartón, tenía el cuerpo medio achatado, como aplastado. Mi tío abría los cajones y hacía ruidos con la boca como si chirriaran, y ponía un gesto como que allí había un misterio. Siempre comentaba algún dato curioso o historias extraordinarias. También le salía muy bien el maullido del gato. 
El tío Carlos tenía un telescopio, no sé si aún lo tiene, y yo que amaba el Principito, fantaseaba encontrarlo en una estrella. Él me enseñó a reconocer satélites y otras detalles del cielo.
También recuerdo cuando jugaban a ser novios con la tía Susi y fingía que le daba un beso, aunque yo me daba cuenta que no era verdad.Todo esto fue en mi niñez. 
A los veintipico , ya en Bellas Artes, trabajé en su ferretería. Lo apasionaba el trabajo, era muy detallista, exigente, con humor ácido. A veces discutíamos un tanto acaloradamente. Siempre dice que soy muy trabajadora y cuenta que barnicé muchos estantes y cajones de la ferretería.
Con los años lo veía casi siempre en año nuevo, cuando se reúne toda la familia. A las 00 hs del festejo esperábamos su pirotecnia, hubo veces que era un pequeño arsenal. La manipulaba con una seriedad pasmosa.
Generalmente sé de él por mi madre. No lo vi por dos años, faltó su pirotecnia  esos dos 31, creo que un par de años atrás tampoco trajo, capaz enterado de las campañas para acabar con la costumbre por las consecuencias, como las heridas de los humanos y el estrés de los animales.
Lo vi hace un mes aproximadamente, en el hospital, está muy enfermo, cuando fui a saludarlo todavía se lo veía bien, recién operado. Tengo tristeza y bronca de los mundos que se desintegran y se apagan tan pronto. Una vida muy dura en cuanto a su salud, pero siempre adelante. 
Desde esta noche triste te dedico todas las estrellas y sus misterios, aviones , que te apasionan, y un cuartito lleno de  maravillas.



                    



Escribí y pinté lo de arriba  en la madrugada del sábado 2. Entrada la mañana me enteré que mi tío había muerto, más tarde supe que a las dos y media, cuando lo evocaba, y pensé que era algo misterioso y mágico, como sus historias.
a.c   
                                                                                                                                                   

sábado, 20 de mayo de 2017

Cucarachas



                                                                                 

Cansada del terror a las cucarachas, se me ocurrió al ver aparecer una -en esa madrugada de estudio encerrada en la cocina- como muñeca rusa encerrarla a ella también, pero  en un frasco de vidrio, por un lado para controlar sus movimientos, por otro para observarla detenidamente, ya que había escuchado que las fobias se curaban transitando el encuentro con sus detonadores. La miré minuciosamente, mientras los apuntes de historia del arte 1 resultaban una escenografía dulzona comparada con el siniestro insecto, que para mí era más que insecto. ¿Más que insecto? Quiero decir que le daba un poder superlativo ni bien la veía aparecer con su oscuridad, y sus patas peludas. Mi primera psicóloga se rió a las carcajadas cuando relaté con histrionismo  y con cierto pudor a la vez, que había tenido un encuentro estremecedor con el insecto. Sucedió una tarde en que lavaba una ropa a mano en el lavadero, todavía vivía en lo de mis padres, cuando de repente – entre enjuague y enjuague en el balde, en ese gesto típico de retorcida de los tejidos con ambas manos, levanto la vista apelada por no sé qué y ahí estaba en la pared gris una flor de cucaracha zarandeando las antenas a diestra y siniestra, sus patas bien agarraditas a la pintura, sus marrones negruzcos colores del cuerpo la hacían repugnantemente lustrosa, ay, tuve miedo y al instante grité muy fuerte y ella corrió por la pared, ella, sin género corrió. Le conté a Luisa y, como dije, se rió  y me preguntó con tono suspicaz: “Pero Andrea ¿ las cucarachas tienen oídos?” - Supongo que sí…y me aplaqué ante su risa que le hacía poner la cara roja y brillante. -Supongo que escuchará…porque salió corriendo cuando grité, le dije. Mientras hablaba, ya un poco nerviosa por sentirme motivo de risa,  me iba imaginando el agujero del oído de la cucaracha, el tímpano, y yo también me sonrojé, entonces concluimos que seguramente el insecto me intuyó por las antenas y el aire en movimiento  por  mi grito y todo eso. Volviendo al frasco de vidrio, ese día la encerré y la observé con la voluntad de sacarme el miedo hacia ella. Se me aflojaban las piernas mientras observaba sus patas  apoyadas al vidrio, por momentos resbalándose y volviendo a erguirse; sus patas: digamos jamones torneados, de varios tonos, todo en la gama de los tierras, color con el que yo pinté mucho tiempo y aún hoy a veces. Su caparazón alado emitía brillo por la luz que lo bañaba, su parte interior, ¿panza? Era más clara, muy compleja y  simétrica. Parecía un ser con armadura. Pensé en todo cuando la miraba, su cabeza  y cuello. ¿Por qué le tenía tanto miedo? Pensé que si la soltaba podía volar y venírseme a la cara, quizás a la boca, como mi mamá me contó que de chica  le pasó - cuando casi era bebé-  que le entró una cigarra en la boca, y era grande , y mi abuela se la arrancó y mi mamá se quedó con la cabeza en la boca. Me había dado asco y terror esa historia. Quizás me imaginaba algo así, imaginarme morder algo así e intuir su sonido y algún jugo feo. Además la cucaracha era un insecto grande y bastante rápido, no como los bichos con los que jugaba de niña: el inofensivo bicho bolita, o el de san Antonio tan dulce, sí era grande el cascarudo, pero parecía de plástico, con su color uniforme y encima era lentísimo, de ese sí podía huir. El cascarudo sería como Frankestein por lo lento y la cucaracha como Drácula, veloz, volador y versátil, mi monstruo más temido de la infancia. También llegué a pensar que todo el miedo tendría que ver con la chancleta con que mi mamá -si nos alcanzaba- nos pegaba, era de color blanco amarillento nacarado y con esa mi mamá mataba a las cucarachas cuando se animaba, porque ella les tenía y -aún hoy les tiene-  terror (es más , hace poco me contó aliviada que se anima a matarlas con el aerosol)  Mi hija me vio correr y gritar varias veces ante una cucaracha pero no heredó mi miedo, pero le dan terror las arañas, que a mí ni fú ni fá, bueno, a no ser que aparezca una tarántula en algún lugar inesperado. Yo también anduve hace un tiempo con el insecticida en aerosol, pero el problema es que me da lástima verlas sufrir, así que al par que habré matado casi le vacié  el insecticida para que la muerte llegara pronto. A veces, cuando veo una cucaracha y mi marido la mata (encima le da pena y exclama -luego del crujido que imagino porque me tapo los oídos o canto- : ¡pobre bicho!)  sucede que me parece que cualquier manchita es una de ellas. Mancha más que manchita, porque las chiquitas no me dan miedo. Esa noche, estudiando los egipcios en la cocina, historia del arte 1, la miré a través del vidrio, no hubo caso, pasé un papel rígido por debajo del frasco, lo sostuve  con una mano por arriba y con otra por abajo y fui a soltar  la cucaracha a la calle, yo no podía matarla, pero la quería bien lejos de mí. Quizás me acordé de la máxima que San Martín le decía a su hija al querer matar una mosca y que me contaba de chica mi mamá: en el mundo hay lugar para las dos.


                                                                                  A.C  





viernes, 12 de mayo de 2017

Te vi...



El mes pasado fuimos con los chicos de quinto y sexto al museo Quinquela Martín de La Boca, paseamos por Caminito y caminamos al costado del Riachuelo por la vereda de adoquines coloridos. Sacamos muchas fotos. Al mediodía de ese hermoso día de sol  comenzamos a subir al micro, yo estaba a unos metros, barriendo con la mirada en gesto obsesivo a ver si quedaba algún chico ( digo obsesivo porque ya los habíamos contado) cuando vi una imagen , un encuadre, que me sugirió de inmediato ser fotografiada. Me apuré y la saqué, y corriendo volví al micro.










Pensé que la imagen me convocaba, y me recordaba algo, ese clima de tranquilidad, las personas sentadas frente al río, una quizás a punto de almorzar, un puente... No sólo era lo visible de  la imagen aquello que me traía un eco, sino algo emotivo, estético, una música quizás. A los días, mientras descargaba las fotos a la computadora, me acordé a qué  me recordaba.












A la entrañable imagen de  Manhattan, de Woody Allen. En contraluz, la pareja sentada frente al río, el puente. Me acordé también de los engramas de Aby Warburg, esas imágenes que tienen capacidad de pervivencia en la memoria individual o colectiva. 
La imagen de La Boca, captada en unos segundos vino con la carga extra de otra, vista hace años, ese contraluz, un banco, un puente, una música, una carga de sensaciones.Cuántas resonancias de imágenes nos guiarán más o menos concientemente al producir las nuestras.


                                                                      A.C    



domingo, 16 de abril de 2017

Keep scrolling



18 de febrero
Cinco veces me bloqueó; ya es suficiente. Se parece mucho a una obsesión de mi parte, y a una resistencia caprichosa de parte de él. Una negativa obstinada, un horror al vacío, una huida hacia adelante. Ya me inquieta su insistencia en rechazarme, tanto que tiendo a pensar que sólo se desprecia lo que alguna vez se deseó. Deseos vanos.

25 de febrero
De nuevo lo stalkeo y descubro en su portada una placa que dice "you are an addict; keep scrolling" Siento me habla a mi. Es bastante vergonzante porque sabe que rolleo cual enredadera. Pero pensar que piensa en mí al punto de mandarme indirectas, aunque no sean muy halagadoras, me halaga. Piensa en mí .Ice man.
No me odia ni me quiere, no lo suficiente como para descongelarse.

7 de marzo
Sigo metiéndome en sus cosas pero para nada ,porque no publica nada público. O algo, esa foto de una rubia alta y flaca como le gustan a él. Una modelo, joven, de jeans rotos. Si sigo pensando que lo que pone es para mandarme indirectas a mí, el mensaje es claro: "estas son las mujeres que me gustan, que me atraen, y como ves, vos no tenes nada que ver." Pero creo que es una exageración pensar que su pensamiento vaya por ese lado. A veces me concentro en pensar en él como si pudiera a voluntad hacer que  piense en mí. Que se acuerde de nuestras charlas, de las veces, pocas, en que le parecí merecedora de una de sus sonrisas. Por que pasó, una o dos veces me miró y me sonrió. Pero sé que es inútil, un sueño demasiado insistente y recurrente, un capricho, una aspiración romántica en la que él es extranjero. Al menos con respecto a mí. Sé que se enamora por periodos cortos, pero intensos, se aburre. ¿Habrá pasado eso conmigo? Improbable.

J.