sábado, 2 de abril de 2016

El viejo verde






Dedicado a mi amiga Gabriela

Para ir al colegio pasaba por la esquina de la casa de mi amiga para ir juntas las tres cuadras que nos quedaban. A unos diez metros de llegar a la calle donde se situaba el edificio, se repetía de vez en cuando una escena: un señor de unos setenta años o más estaba parado en el umbral de la puerta de su casa, y al vernos pasar nos decía - casi murmurando pero de manera audible- frases que empezaban con: vengan chicas y adjetivos diversos que lo mostraban como excitado sexualmente. Nosotras, entre avergonzadas, enojadas (las primeras veces sorprendidas), apurábamos el paso para alejarnos de la patética situación. Teníamos quince o dieciséis años, íbamos al colegio de curas del barrio, con uniforme y siempre con algo para conversar  por el camino: el  más directo para llegar. Cruzar la calle era forzar una vuelta inútil, además nuestro encono hacia el viejo verde nos daba cierta fortaleza para no torcer el camino que queríamos tomar, queríamos resistir , pero a la vez no nos animábamos a contestarle algo, como enfrentarlo con algún insulto, sólo apurábamos el paso hablando y hablando como para aturdir los oídos y no escucharlo. Nos incomodaba mucho ver a un señor grande avergonzándonos con impunidad e imperturbable ante nuestro nerviosismo.
Un día estábamos por pasar por delante del viejo verde como siempre, y sin planearlo, lo miré a los ojos y le dije seriamente: - buenas tardes. El lugar de objeto que nos asignaba se tornaba objeto con mirada y voz. El hombre, como resorte, respondió enseguida: - buenas tardes, sin rasgos de modulación melosa o verdosa. Desde ese día nunca más nos murmuró nada, ni nos miró de arriba a abajo, sólo un buenas tardes.

Esta anécdota no pretende enseñar una táctica contra acosos, otro tipo podría haber tomado el saludo como una respuesta de agrado, no sé,  funcionó con este hombre quizás porque en el saludo cortes sintió alguna empatía, un eco de buena educación, de alguna enseñanza familiar, no lo sé ni lo sabré, a esta altura el señor – hasta yo me puse cortes- ya no existe, a no ser que sea pariente de Matusalén. Lo que sí sé que pare él un buenas tardes y la mirada nos transformó en sujetos y ya no volvimos a temer mudar nuestro ánimo o a estar en alerta en esa cuadra, aunque parezca exagerado: nos sentimos libres.

                                                                              A.C  
                                                                       

5 comentarios:

  1. me parece más bien que tenía 80 años el hombre...

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  2. "El infierno son los otros" decían por allí...

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  3. Lindo relato pese al tema, la calle esta cada vez peor

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    1. Gracias! sí, la calle está así como decís. Este relato cuenta algo de hace tanto tiempo y en comparación con los últimos sucesos de violencia de género suena un poco cándido. Pero para mi amiga y para mí tuvo importancia en nuestra vida cotidiana y que este hombre pare con su acoso verbal significó ir al colegio tranquilas.

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