viernes, 21 de agosto de 2015

Choque...




Hace unos años una amiga de la facultad me contó que tenía que hacer un trabajo sobre “ choque cultural”, en relación a una experiencia propia, creo que me dijo que relataría un viaje a una provincia argentina, pero no me acuerdo nada articulado, sólo palabras sueltas: un cura, un campamento, lugareños, higiene… Al conversar con ella pensé de paso si yo había vivido algo parecido, pero no, no recordaba ningún choque cultural, pero algo se configuraba como recuerdo, aunque no encajara en esa taxonomía, sí había sido un “ choque” pero ¿cultural?, quizás más bien social , y quizás también por eso y en definitiva : cultural.
 Ocurrió a fines de los ochenta , cuando iba a Bellas Artes en la Prilidiano Pueyrredón y justamente en ese contexto. En principio hubo varios choques desde mi ingreso a esa escuela, por ejemplo sentía que no sabía nada, que había vivido en un termo al escuchar los conocimientos de algunos compañeros sobre temas diversos: música, cine, pintura, historia, etc, etc. Aunque el choque que más recuerdo, un certero golpe a mi narcisismo, fue durante las primeras clases del curso de ingreso, al ver dibujar a los demás: eran dibujos geniales, y hasta ese momento , por donde me movía habitualmente , no había casi nadie que dibujara “ bien”, o que dibujara simplemente. De todos mis conocidos yo sola estudiaría arte, y eso me hacía sentir diferente, y bue, en bellas artes descubrí que había tantos… Además, no sabía nada de historia del arte, y cuando los profes en primer año preguntaban qué artistas me interesaban , sólo repetía : los del Renacimiento, que había conocido en los libros de mi tía Meche.
Pero el choque que quiero contar y que tiene a mi amiga Daniela también por “ chocada” sucedió una tarde en que fuimos a la casa de una compañera de la escuela para preparar un trabajo para la materia de Ara Monti. Ella invitó a todo el curso y eso llamó nuestra atención, porque ¿dónde metería tanta gente? La dirección indicaba que el departamento quedaba a unas tres cuadras de la escuela. Y hacia allí fuimos, creo que dos veces. Me había extrañado que en la dirección dijera “5to”, sin letra. Cuando llegamos tomamos el ascensor y vi que había sólo números, es que nunca había ido a un piso. Cuando el ascensor llegó, abrimos y vimos sólo una puerta, no entendía cómo no había un pasillo. Nos atendió una mujer joven vestida como el personal doméstico de las novelas de la tv (sólo las había visto ahí): con uniforme oscuro con voladitos, algo en la cabeza, como una cofia , no me acuerdo bien. En seguida se asomó la anfitriona y nos hizo pasar. No recuerdo exactamente lo que sucedió en cada visita ni algunos detalles de la arquitectura, pero  todo era sorprendente tanto para mí como para Daniela: las vitrinas en el living con aves embalsamadas, cuadros de caza, la esbelta madre de la anfitriona en robe de broderie que pasó unos segundos , un cuarto sólo con revistas, el amplio comedor con una larguísima mesa donde entraba todo el curso, con exquisiteces para merendar, hasta queso con cáscara blanca que se come , que tampoco conocía. En realidad , estoy mezclando dos visitas al piso, una con Dani y otra con las compañeras, creo que hubo alguna con un artista también. Pero la que más me acuerdo es la que fui con Daniela a llevar algo, habíamos tenido escultura y nuestros borceguíes dejaban por todos lados huellas de yeso, y así quedaron nuestras pisadas en las alfombras de la casa, aunque cuando se lo advertimos a la anfitriona, ésta le restó importancia. Pasó que ella nos dejó un momento en el living y nos llamó al instante desde su habitación, y con Daniela no sabíamos ir, veíamos como un laberinto de puertas y sólo nos guiábamos por la voz, hasta que llegamos. Ella nos comentó que tenía un casamiento a la noche, que se iba a fijar en qué se pondría… guau pensé: en mi caso, para ir  a un casamiento, preparo ropa como un mes antes y para esa velada; me imaginé cómo sería ese guardarropas para encontrar en un instante algo para una fiesta. De repente sacó una remera con lentejuelas blancas, medio agrisadas, grandes, que le daban tal peso a la tela que cuando la movió brillaban y serpenteaban como olas. Me encantan las lentejuelas, en las escuelas donde trabajo siempre las llevo y los chicos se entusiasman con sus brillos, como me pasó aquella tarde de asombro, y que ciertas lentejuelas nacaradas me hacen recordar.


                                  A.C  ©