viernes, 15 de diciembre de 2017

No quiero estar enamorada






Incongruencias como poner los anteojos en la heladera.
Levantarse a la madrugada como si fuese el mediodía,
sonreír sola por la calle, con alguna carcajadita,
aunque alrededor reine la hostilidad,
conocer involuntariamente
distintas etapas de  carbonización de los alimentos,
tener sueños húmedos,
pesadilla húmedas,
ropa húmeda,
mirada húmeda.
Basta.
Supongo que en una semana
puedo manejarlo.
Pasará.
Tengo martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo, lunes:
todo eso.
Una vez , en una semana me olvidé de una tragedia.
Puedo con esto.
Me llenaré con algo.Alguna novedad, algún postre, una serie, algo, yo sé.
Perderé una gema,
como perdí mis aros escarabajo
en un triste descuido.
Esta displicencia ,
quizás no sea una pose,
o sí.
Sí, es.
¡Yo qué sé!
¡Basta!
Quiero volver a la senda.
Tengo mucho que hacer.
Basta.
Flechas: ¡toquen al aire, y
mí no me toquen!

                                                           M.H



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Bachelard o por qué no miro.



                                                                     Ilus: Andrea Cacho




Odio ver deporte, la felicidad es practicarlo.
Lo mismo con las películas porno.
Lo mismo con el arte.
El colmo de la autorreferencialidad.
Pero leer lo que escriben los otros: todavía sí, quizás porque no me siento escritora posta.
Ver lo que filman otros: ya casi no. Mismos motivos que arriba.
Me lo paso en los teatros, porque todavía no me animo a actuar.
Quizás es ensimismamiento, como decía mi madre. 
O que antes de producir algo, hay un aleteo que no quiere ser interceptado por lo que hicieron otros, tal vez una fantasía de pureza de algún tipo, de una búsqueda mal planteada de lo genuino, un obstáculo epistemológico.
Miro poco, salvo las omnipresentes redes que ya saben. Mientras bajo las persianas, igual todo sigue existiendo en todos los rincones, floreciendo y bullendo , sin mí.


                                                    Luisa R.



Clima de época o el eterno retorno de lo peor



                                     
                                                                              Ilustración: Andrea Cacho         


                                                        Mientras le reza a su dios
                                                       para que su niña sea feliz
                                                  y proclama educarla en el amor,
                                        bromea  e ironiza sobre la muerte de un joven
                                                          asesinado por el estado
                                                                   por apoyar
                                                               una causa digna.


                                                                               M.H
                                                                                               


                                                         


domingo, 10 de diciembre de 2017

Las paredes convocan


Ciudad de Buenos Aires. Barrio Monte Castro. Esquina Lascano y Pasaje José Verdi.
El año pasado tomo la foto de abajo, de la esquina de mi primer beso, con la idea de escribir un relato y acompañarlo con la imagen. 
Cuando veo la foto en la computadora leo la imagen del graffiti: "El que no lucha, se deja". Me viene bien leer eso, me sorprende cómo se ajusta a la coyuntura del momento. Celebro el guiño casual de haber dado con la pared.





Este año, hace unos meses, paso de nuevo por la esquina y veo el cambio. Veo que- como tantos graffitis en el barrio  y la ciudad - ha sido cubierto con pintura blanca y gris oscuro. La pared está sin revocar, los vidrios siguen rotos, la blanqueada es hasta cierta altura, algo hecho de manera torpe para cubrir, seguramente dar aspecto de "orden " a las miradas apuradas que transitan el lugar, nada de fondo, sólo apariencia, sólo fachada.






Mi foto del graffiti rescata el atributo de la fotografía de mostrar lo que ya no está.
A los que pasen por este blog, haciendo una posta a los graffiteros y su mensaje, les comparto aquél aspecto - que se tapó, pero perdura en la foto-   y su apelación:
                               

                                 " El que no lucha se deja"






                                  a.c

En la escuela , un fogón verde






La semana pasada estaba en el taller con cuatro chicas de primer grado, invitadas a pintar fondos para un corto que vamos a hacer con los demás compañeros. Dos pintaban un cielo; las otras, pasto. En un momento Sofía, mientras pinta con el pincel embadurnado de verde el cartón, y sin levantar la vista me dice con su voz ronca y de tono lentísimo:

-                Seño, sabés que mi psicóloga me enseñó a hacer un barquito de papel.

-                Ah, mirá, qué bueno.

Cuando le iba a preguntar sobre el barquito, María agrega:

-              Mi psicóloga también me enseña cosas, dibujo con ella.

  Ah, María, vos vas también a la psicóloga, le digo, entre preguntando y afirmando. Entonces, las otras dos chicas comentan: yo también voy, yo también voy. Y en el breve silencio que sigue, agrego:


-          Yo también voy.


Y dudo un instante si el comentario estuvo de más, a ver si las abrumo comentando que pueden ir hasta  mi edad, a la vez que pienso que yendo tan de chicas, quizás no les haga falta después. En las décimas de segundo que duran estos pensamientos, y en respuesta casi instantánea a mi “yo también voy”, Sofía me mira y pregunta:


-         ¿A qué le tenés miedo?


En los dos segundos que tardé en responder, otra vez se desplegaron sensaciones e ideas. Miraba a Sofía desde un picado, con extrañamiento: ¿hay un ventrílocuo? ¿quién me está preguntando tan frontalmente a qué le tengo miedo? ¿Voy a terapia porque tengo miedo? La niña me pregunta por mis miedos, y siento que se esfuman nuestras edades. El picado muta y estamos a la misma altura. Me pregunta desde una paz infinita, con un gesto sin prejuicio, con interés, mientras se desliza el verde. Me emociona, me empaña la mirada y me llena de ternura. Entonces, después de esos dos segundos, le contesto:


-       La verdad: a muchas cosas. Pero te voy a contar una : le tengo miedo a las cucarachas.

Sofía asiente, con un gesto de compresión.


-            ¿Y vos Sofía? ¿tenés algún miedo?, le pregunto.


Entonces, mientras me mira y a veces pinta, comienza a nombrar - en un tono casi monótono, como leyendo, o con la memoria de alguien que dijo ese texto muchas veces- una lista de unas quince cosas, de las que recuerdo sólo las primeras, porque la escena me hacia estar ahí y al mismo tiempo pensar que ahí pasaba algo importante y que podía hacer algo con todo eso, ya termina el año, pero un proyecto sobre los propios miedos para el año que viene. Mientras enumeraba los miedos con esa vocecita ronca, yo sentía que del fondo de los tiempos venía el crepitar de  un fogón y un grupo, y todos animándonos a algo, y ahora un pincel , y colores, una maestra y sus cuatro alumnas, y desde el fondo de los tiempos el ritual de las manos estampadas en las cuevas, y el teñir con la clorofila, y pararse en el mundo, con miedos y todo, y poder nombrarlos para obrar sobre ellos.

Las otras chicas contaron los suyos, mientras pintaban. Las escuché, pero no di ningún consejo ni nada, pero les dije que el año que viene podríamos trabajar nuestros miedos en imágenes, en algún proyecto, que eso nos va a hacer bien.

Lástima que no la recuerde toda, pero la lista de Sofía comenzaba más o menos así:

-            Le tengo miedo a los gritos, a la gente disfrazada, a los payasos, a los perros, a las cucarachas…


Y seguía lenta y frondosa.
                                                

                                                            A.C

miércoles, 6 de diciembre de 2017

7 de diciembre




Si la tristeza tuviera rostro,

créanme: sería el mío.

                       B.J







viernes, 1 de diciembre de 2017

18:50 hs





Estoy por entrar al templo
de la exacerbación de la normalidad,
donde se confirmará o alterará la dosis
para adecuarse a un modo de ser
más uniforme y sin exaltaciones.
Algo para ser yo sin darme cuenta si es
por los miligramos ,ni quién soy sin ellos,
y cuál de las dos vale más la pena…
Con quién mejor podría habitar el tiempo.



                           B.J




lunes, 20 de noviembre de 2017

Teatro: La complicidad de la Inocencia: Terror y miseria de la clase media argentina.





De Adriana Genta y Patricia Zangaro.
Basada en  la obra “Terror y miserias del III Reich” de Bertolt Brecht.



Vimos la obra a principios de año, en Andamio 90. Salimos del teatro con impresiones diversas. Suelo guardar silencio un rato cuando salgo de ver una obra,  y van sedimentando las sensaciones,  configurando ideas. Siempre el teatro me dice algo, de alguien y de mí.

Se suceden escenas.

Un hombre y su mujer. Tv antigua. Él está muy inquieto, mientras escucha el comunicado Nº2 de la junta. Rápidamente vemos que su inquietud se debe a la duda de si se suspenderá el partido de fútbol que se transmite desde Polonia. Él , sentado frente a la tv como Amo de casa, mientras su mujer – con delantal- lo asiste, le lleva una palangana con agua y sal que él mismo le exige- para remojar y descansar los pies. Y hasta que para no perderse el partido, que cree transmitirán, le pide a ella un papagayo para orinar, con tan poco cuidado por la obsesión con el partido, que salpicará por el piso con su orina, ordenándole a su esposa que limpie. En un momento él fogonea una competencia jugándose a que sí irá el partido (para él) y no la novela (para ella). A vos no te la van a dar, vas a ver, el partido sí lo van a dar, más o menos le espeta.

A esta primera escena le suceden otras, algunas más “estilizadas” o teatrales, como la de un matrimonio joven que se ve sacudido cuando él demora en llegar a la casa, a la hora de la cena, porque volviendo del trabajo quedó en medio de un “operativo” en el subte. Se alude al operativo sin describirlo, omisión motorizada por un miedo paralizante. El diálogo de la pareja, así como la gestualidad, respiran los aires de los textos de Ionesco. El conflicto explícito que omite la verdadera fuente del miedo es que se quemaron los canelones, y esta evidencia hay que ocultarla, así lo sabemos por una maraña de frases mecánicas que argumentan que conviene ocultar la quemada de canelones, ya que el motivo es lo que no se quiere nombrar (el operativo) . Llegan a decir que se pondrán de acuerdo en que los canelones no están quemados, que están perfectos, que nada pasó, parece- y no se dice- que el que él haya  estado en el subte en ese momento- lo hubiera sumido en algo ominoso, pegajoso, lo hubiera contagiado de sospecha de algo. Vamos a decir que los canelones estaban bien ¿sí? Comámoslos. No pasó nada en particular. Un diálogo aparentemente trivial que dibuja el contorno de un mapa siniestro de no quedar asociado a, de no querer ser sospechado de.

Luego se despliega una escena en el baño de un bar o boliche, parece que instantes posteriores a otro “operativo”. Dos chicas, adolescentes, entran corriendo aterrorizadas. Una vez en el baño, tampoco se animan a abrir la puerta de uno de los compartimentos, no sabemos bien por qué, hasta que lo van desvelando: por si es un subversivo lastimado o muerto. Otra vez la idea del contagio, de una peste, de la marca en la frente. No se cruza la idea de socorrer a alguien, y si se cruza se la expulsa al instante como un veneno.

Así, se suceden escenas de delación, traición, de pánico al ver que uno confió en alguien muy cordial- contando la desaparición de la pareja- y resulta ser un interlocutor siniestro.

Una escena final parece remitir – con un texto orquestal rítmicamente frenético- a la institución policial/ parapolicial y la escolar. Con una tónica no naturalista, con parlamentos maquinalmente recitados se desenvuelve un interrogatorio arbitrario que desconfía de las palabras que usamos en lo cotidiano, como índices delictivos: como nombrar el color rojo.

En algunas ocasiones, algún personaje menciona una nevada extraña, como una invasión. No podemos dejar de vincular el dato a El Eternauta, de Oesterheld, y estremecernos sabiendo el sentido de aquella nevada  y el destino del escritor y sus familiares.

El miedo recorre las escenas, la indiferencia, la complicidad.
De vez en cuando un personaje con máscara de muerte pregona invitando a poner x centavos en la ranura para ver a las criaturas más siniestras, a las criaturas sin brazos, sin piernas y todo lo inimaginable que ofrecían las ferias. Esta apelación a ver la monstruosidad no era más que una apelación, una convocatoria al nosotros del espectador, que con unos pesos asistimos a esta feria espeluznante de nuestra historia. Los personajes con rostro de calavera enmarcan las escenas e interactúan con los demás.

No está cayendo una nevada de algún extraño lugar, de otro  planeta- sentencian los parlamentos- , sino que estaban entre nosotros.
En el cuerpo social hubo y hay estas fuerzas irreconciliables. El “están entre nosotros” puede ser enunciado por múltiples sujetos con posiciones antagónicas ante el mundo .Están entre nosotros los fachos, los zurdos, miembros de diversos colectivos, etc. El miedo sólo corrompe el posible aire democrático de las instituciones. Las complicidades no sólo se dan  por consenso, por acción, también por omisión.

Lo que esperamos hoy, entre tantas cosas, es saber qué pasó con Santiago Maldonado.

                                                            A.C









domingo, 19 de noviembre de 2017

De Rusia con esperanza




Anhelo los días en que se deje de bombardear a las mujeres con las bondades de las Ondas Rusas para endurecer sus glúteos y más con saber de la Revolución Rusa :para hacer más elástica y fluida la actividad cerebral  , y para beneficio de la vida social.

                                                                           M.H.



viernes, 27 de octubre de 2017

Con locura

Aunque ella me conoce tanto y yo tan poco, cuando salimos por ahí: nos tomamos de las manos y saltamos riendo .Y corremos como niñas. También lloramos, y todo lo que no tiene sentido decir.


                                      B.J

                                        Andrea Cacho