viernes, 23 de junio de 2017

Un cielo lleno para mi tío Carlos

                                       
Viernes 2 de junio


                                             
                                             


Mi tío Carlos tenía un cuartito en la casa de mi abuela , lleno de cosas y cositas: bolitas de vidrio de colores, naipes, fotos antiguas, mucho polvo, estantes llenos, cajones con interior de paño rojo, herramientas, objetos que ni sabía que eran . Cuando íbamos  a lo de la abuela Tina, después de almorzar, íbamos con mi hermana y mi tío al cuartito a revisar todo. Me acuerdo que tenía una araña embalsamada, de Brasil, con ojitos creo que de vidrio, nos la regaló , estaba en una cajita de cartón, tenía el cuerpo medio achatado, como aplastado. Mi tío abría los cajones y hacía ruidos con la boca como si chirriaran, y ponía un gesto como que allí había un misterio. Siempre comentaba algún dato curioso o historias extraordinarias. También le salía muy bien el maullido del gato. 
El tío Carlos tenía un telescopio, no sé si aún lo tiene, y yo que amaba el Principito, fantaseaba encontrarlo en una estrella. Él me enseñó a reconocer satélites y otras detalles del cielo.
También recuerdo cuando jugaban a ser novios con la tía Susi y fingía que le daba un beso, aunque yo me daba cuenta que no era verdad.Todo esto fue en mi niñez. 
A los veintipico , ya en Bellas Artes, trabajé en su ferretería. Lo apasionaba el trabajo, era muy detallista, exigente, con humor ácido. A veces discutíamos un poco acaloradamente. Siempre dice que soy muy trabajadora y cuenta que barnicé muchos estantes y cajoncitos de la ferretería.
Con los años lo veía casi siempre en año nuevo, cuando se reúne toda la familia. A las 00 hs del festejo esperábamos su pirotecnia, hubo veces que era un pequeño arsenal. La manipulaba con una seriedad pasmosa.
Generalmente sé de él por mi madre. No lo vi por dos años, faltó su pirotecnia  esos dos 31, creo que un par de años atrás tampoco trajo, capaz enterado de las campañas para detener la costumbre.
Lo vi hace un mes aproximadamente, en el hospital, está muy enfermo, cuando fui a saludarlo todavía se lo veía bien, recién operado. Tengo tristeza y bronca de los mundos que se desintegran y se apagan tan pronto. Una vida muy dura en cuanto a su salud, pero siempre adelante. 
Desde esta noche triste te dedico todas las estrellas y sus misterios, aviones , que te apasionan, y un cuartito lleno de  maravillas.



                    



Escribí y pinté lo de arriba el viernes 2 a la noche, en realidad a la madrugada del sábado, más o menos entre la una y media y dos y media de la mañana. Al otro día me enteré que mi tío había muerto, más tarde supe que a las dos y media de la mañana, y pensé que era algo misterioso y mágico, como sus historias.
a.c   ©
                                                                                                                                                   

sábado, 20 de mayo de 2017

Cucarachas



                                                                                 

Cansada del terror a las cucarachas, se me ocurrió al ver aparecer una -en esa madrugada de estudio encerrada en la cocina- como muñeca rusa encerrarla a ella también, pero  en un frasco de vidrio, por un lado para controlar sus movimientos, por otro para observarla detenidamente, ya que había escuchado que las fobias se curaban transitando el encuentro con sus detonadores. La miré minuciosamente, mientras los apuntes de historia del arte 1 resultaban una escenografía dulzona comparada con el siniestro insecto, que para mí era más que insecto. ¿Más que insecto? Quiero decir que le daba un poder superlativo ni bien la veía aparecer con su oscuridad, y sus patas peludas. Mi primera psicóloga se rió a las carcajadas cuando relaté con histrionismo  y con cierto pudor a la vez, que había tenido un encuentro estremecedor con el insecto. Sucedió una tarde en que lavaba una ropa a mano en el lavadero, todavía vivía en lo de mis padres, cuando de repente – entre enjuague y enjuague en el balde, en ese gesto típico de retorcida de los tejidos con ambas manos, levanto la vista apelada por no sé qué y ahí estaba en la pared gris una flor de cucaracha zarandeando las antenas a diestra y siniestra, sus patas bien agarraditas a la pintura, sus marrones negruzcos colores del cuerpo la hacían repugnantemente lustrosa, ay, tuve miedo y al instante grité muy fuerte y ella corrió por la pared, ella, sin género corrió. Le conté a Luisa y, como dije, se rió  y me preguntó con tono suspicaz: “Pero Andrea ¿ las cucarachas tienen oídos?” - Supongo que sí…y me aplaqué ante su risa que le hacía poner la cara roja y brillante. -Supongo que escuchará…porque salió corriendo cuando grité, le dije. Mientras hablaba, ya un poco nerviosa por sentirme motivo de risa,  me iba imaginando el agujero del oído de la cucaracha, el tímpano, y yo también me sonrojé, entonces concluimos que seguramente el insecto me intuyó por las antenas y el aire en movimiento  por  mi grito y todo eso. Volviendo al frasco de vidrio, ese día la encerré y la observé con la voluntad de sacarme el miedo hacia ella. Se me aflojaban las piernas mientras observaba sus patas  apoyadas al vidrio, por momentos resbalándose y volviendo a erguirse; sus patas: digamos jamones torneados, de varios tonos, todo en la gama de los tierras, color con el que yo pinté mucho tiempo y aún hoy a veces. Su caparazón alado emitía brillo por la luz que lo bañaba, su parte interior, ¿panza? Era más clara, muy compleja y  simétrica. Parecía un ser con armadura. Pensé en todo cuando la miraba, su cabeza  y cuello. ¿Por qué le tenía tanto miedo? Pensé que si la soltaba podía volar y venírseme a la cara, quizás a la boca, como mi mamá me contó que de chica  le pasó - cuando casi era bebé-  que le entró una cigarra en la boca, y era grande , y mi abuela se la arrancó y mi mamá se quedó con la cabeza en la boca. Me había dado asco y terror esa historia. Quizás me imaginaba algo así, imaginarme morder algo así e intuir su sonido y algún jugo feo. Además la cucaracha era un insecto grande y bastante rápido, no como los bichos con los que jugaba de niña: el inofensivo bicho bolita, o el de san Antonio tan dulce, sí era grande el cascarudo, pero parecía de plástico, con su color uniforme y encima era lentísimo, de ese sí podía huir. El cascarudo sería como Frankestein por lo lento y la cucaracha como Drácula, veloz, volador y versátil, mi monstruo más temido de la infancia. También llegué a pensar que todo el miedo tendría que ver con la chancleta con que mi mamá -si nos alcanzaba- nos pegaba, era de color blanco amarillento nacarado y con esa mi mamá mataba a las cucarachas cuando se animaba, porque ella les tenía y -aún hoy les tiene-  terror (es más , hace poco me contó aliviada que se anima a matarlas con el aerosol)  Mi hija me vio correr y gritar varias veces ante una cucaracha pero no heredó mi miedo, pero le dan terror las arañas, que a mí ni fú ni fá, bueno, a no ser que aparezca una tarántula en algún lugar inesperado. Yo también anduve hace un tiempo con el insecticida en aerosol, pero el problema es que me da lástima verlas sufrir, así que al par que habré matado casi le vacié  el insecticida para que la muerte llegara pronto. A veces, cuando veo una cucaracha y mi marido la mata (encima le da pena y exclama -luego del crujido que imagino porque me tapo los oídos o canto- : ¡pobre bicho!)  sucede que me parece que cualquier manchita es una de ellas. Mancha más que manchita, porque las chiquitas no me dan miedo. Esa noche, estudiando los egipcios en la cocina, historia del arte 1, la miré a través del vidrio, no hubo caso, pasé un papel rígido por debajo del frasco, lo sostuve  con una mano por arriba y con otra por abajo y fui a soltar  la cucaracha a la calle, yo no podía matarla, pero la quería bien lejos de mí. Quizás me acordé de la máxima que San Martín le decía a su hija al querer matar una mosca y que me contaba de chica mi mamá: en el mundo hay lugar para las dos.


                                                            Texto e imágenes: Andrea Cacho ©



©

viernes, 12 de mayo de 2017

Te vi...



El mes pasado fuimos con los chicos de quinto y sexto al museo Quinquela Martín de La Boca, paseamos por Caminito y caminamos al costado del Riachuelo por la vereda de adoquines coloridos. Sacamos muchas fotos. Al mediodía de ese hermoso día de sol  comenzamos a subir al micro, yo estaba a unos metros, barriendo con la mirada en gesto obsesivo a ver si quedaba algún chico ( digo obsesivo porque ya los habíamos contado) cuando vi una imagen , un encuadre, que me sugirió de inmediato ser fotografiada. Me apuré y la saqué, y corriendo volví al micro.










Pensé que la imagen me convocaba, y me recordaba algo, ese clima de tranquilidad, las personas sentadas frente al río, una quizás a punto de almorzar, un puente... No sólo era lo visible de  la imagen aquello que me traía un eco, sino algo emotivo, estético, una música quizás. A los días, mientras descargaba las fotos a la computadora, me acordé a qué  me recordaba.












A la entrañable imagen de  Manhattan, de Woody Allen. En contraluz, la pareja sentada frente al río, el puente. Me acordé también de los engramas de Aby Warburg, esas imágenes que tienen capacidad de pervivencia en la memoria individual o colectiva. 
La imagen de La Boca, captada en unos segundos vino con la carga extra de otra, vista hace años, ese contraluz, un banco, un puente, una música, una carga de sensaciones.Cuántas resonancias de imágenes nos guiarán más o menos concientemente al producir las nuestras.


                                                                      A.C    ©



domingo, 16 de abril de 2017

Keep scrolling



18 de febrero
Cinco veces me bloqueó; ya es suficiente. Se parece mucho a una obsesión de mi parte, y a una resistencia caprichosa de parte de él. Una negativa obstinada, un horror al vacío, una huida hacia adelante. Ya me inquieta su insistencia en rechazarme, tanto que tiendo a pensar que sólo se desprecia lo que alguna vez se deseó. Deseos vanos.

25 de febrero
De nuevo lo stalkeo y descubro en su portada una placa que dice "you are an addict; keep scrolling" Siento me habla a mi. Es bastante vergonzante porque sabe que rolleo cual enredadera. Pero pensar que piensa en mí al punto de mandarme indirectas, aunque no sean muy halagadoras, me halaga. Piensa en mí .Ice man.
No me odia ni me quiere, no lo suficiente como para descongelarse.

7 de marzo
Sigo metiéndome en sus cosas pero para nada ,porque no publica nada público. O algo, esa foto de una rubia alta y flaca como le gustan a él. Una modelo, joven, de jeans rotos. Si sigo pensando que lo que pone es para mandarme indirectas a mí, el mensaje es claro: "estas son las mujeres que me gustan, que me atraen, y como ves, vos no tenes nada que ver." Pero creo que es una exageración pensar que su pensamiento vaya por ese lado. A veces me concentro en pensar en él como si pudiera a voluntad hacer que  piense en mí. Que se acuerde de nuestras charlas, de las veces, pocas, en que le parecí merecedora de una de sus sonrisas. Por que pasó, una o dos veces me miró y me sonrió. Pero sé que es inútil, un sueño demasiado insistente y recurrente, un capricho, una aspiración romántica en la que él es extranjero. Al menos con respecto a mí. Sé que se enamora por periodos cortos, pero intensos, se aburre. ¿Habrá pasado eso conmigo? Improbable.

J.

martes, 11 de abril de 2017

La ventana de Santiago


                                                           Andrea Cacho


Hay una ventana en Santiago de Compostela, sí, hay muchas, pero hay una en el techo de una buhardilla, entre varias. Está en el centro, inclinada, y su vidrio traslúcido muestra – además del cielo- los edificios de la plaza principal. Por esa ventana miré, también probé abrir su vidrio y me sopló un viento fresco de enero en la cara.
Hay una ventana en Santiago de Compostela, en esa buhardilla impecable, luminosa de sol y de luna, y llena de madera. La miro mucho y me @ tanto. A través de ella se cuelan los edificios de la plaza, la aguja de la catedral, edificios altos, tostados y barrocos.
¿Mi abuelo habrá pasado por esta calle? Quizás había sólo aire en lugar de este apartamento.
La buhardilla me hechiza y su brebaje me pone el ánimo deseante, bullente, un poco megalómano. Se dibujan ideas mirando la ventana. Se me ocurre que de esta belleza pueden nacer ideas floridas. Pareciera que casi todo es posible.
La ventana como artefacto de mediación entre la intemperie y el cobijo, también encuadre de mundos, de copas de árboles, de los cambios de matices del cielo, de arquitecturas diacrónicas, se ofrece como un film con profundidad de campo, donde todo aparece ante la vista, colándose la “ambigüedad de lo real”. Un film con tiempos muertos que permiten habitarlos y dejan al pensamiento enhebrar ideas.
Barro con la mirada la buhardilla y se me presenta Álvaro de Campos, el intenso heterónimo de Pessoa. Salpican el lugar sus sueños de genio de la buhardilla entre tantos que creen también serlo. Te vi Pessoa en Lisboa, antes de llegar a Santiago, y es verdad que Lisboa resplandece, hasta obligarnos a pestañear dosificando la luz que se refleja por todas partes, desde sus muros azulejados  a sus pavimentos de piedra lustrosa. Me daba pudor acercarme a tu estatua al frente de A Brasilera para sacarme una  foto. Todos tomaban su café en la vereda, el tranvía se colmaba de pasajeros, una joven elegante, con zapatos rojos, escuchaba atenta a un escritor que quería venderle su novela. Ella cortésmente lo escuchaba y con una sonrisa cordial se alejó sin comprarla. El escritor buscaba con la mirada a otros, por las dudas miré para otro lado, por timidez o vagancia. Además, quería disfrutar ese momento de observar y hasta oler Lisboa. Mis sentidos se llenaban, y algo de eso se está derramando en estas palabras. Escuchar al escritor me hubiera llevado a otra escena, además no deseaba transpirar. Por fin me animé y me senté en el banco de bronce que acompaña a la estatua de Pessoa. Muchos se sacaban fotos, y eso hice. Posé tomando la mano fría, me puse casi seria, ya que pensé que era el mejor gesto para acompañar a Álvaro. Y quedamos unos segundos de la mano, y volví a vivenciar el poder de las imágenes, en este caso la estatua, que hace que les demos una entidad vital. Y de paso me acuerdo el relato de un compañero de Bellas Artes, que hizo un grupo de esculturas para una iglesia y visitándola un día, vio cómo los fieles las acariciaban, les hablaban, mientras él recordaba el trabajo que le habían dado, que sólo eran esculturas, las miraba sin el halo divino que ahora le conferían: su nueva aura.
El mundo se armaba de nuevo, como en Tabaquería.
La ventana de Santiago me deja ver la lluvia, me regala un arco iris y el  recuerdo de otras ventanas, como la del libro acordeón en el que dibujé varias y que se perdió camino a una exposición. Las ventanas no sólo iluminan, ventilan, en relación al plano físico o material, sino también a las ideas. Si tuviera un taller así, pensé, y en la imaginación se empezó armar la genia de la buhardilla…mirando la ventana gritaría: ¡mundo! Prepárense ¡allí voy!...cada vez que quisiera contar algo. Beber la luz de esa ventana sería más potente que cualquier estímulo. ¿Hace falta tanta escenografía para crear?
Cuando tenía ocho o nueve años, mi abuelo me dijo un día desde su cama - en la que pasaba mucho tiempo - : - Córreme la cortina, quiero ver las montañas. Asombrada le dije: -¿Qué? – Que me corras las cortinas, quiero ver las montañas. – Abuelo ¿Qué te pasa?, le pregunté perpleja, y agregué: - si no hay montañas…está el jardín. Entonces, me habló de las montañas de su Santiago, y del caballo con que paseaba y creí que el abuelo soñaba despierto. Mamá después me dijo que tenía algo así como demencia, por su edad, y que por lo visto recordaba su tierra. Mamá siempre decía, aún hoy, que lo mejor es quedarse en su país, ella es italiana. Yo, de chica, pensaba que si ella se quedaba en su país, no hubiera conocido a mi papá, y por lo tanto mi hermana y yo no hubiésemos nacido. Pero bueno, esta lógica no conducía a  ninguna parte. Su frase siempre me hizo empatizar con su desarraigo, y cuando digo esto me viene una cascada de relatos que  me hizo de su niñez en su pueblo de Toscana, donde vivió hasta los nueve años. Así, mi abuelo creía estar en su tierra durante los últimos años de su vida.
La ventana de Santiago me mostraba una ciudad que no habito, de la que apenas intuí su pulso, bella por todos lados, y también ajena.
En la buhardilla vemos TV y nos enteramos lo que muestran los medios de España, mientras nuestros celulares nos traen la cercanía y abrigo de nuestros afectos y  tristes noticias de la Argentina.
Mi hija hizo un increíble dibujo de lo que veía por la ventana, los edificios con sus techos y colorido.
Antes de seguir viaje hacia Oviedo, me propuse averiguar si era posible poner una ventana en el techo de casa, así, como la que cuento. Sí, habría más luz, y esa magia, y el genio creador. Ya en Buenos Aires, y en casa, busqué en la web y encontré una igual. ¿Pero igual? Sólo su aspecto, su marco. Pero la ventana no venía con el cielo estrellado de aquel sábado y todo un arco de sensaciones y emociones. Le saqué algunas fotos a la ventana de Santiago. Me va a acompañar quizás mucho tiempo su recuerdo, recuerdo de ese momento mágico en que estábamos los tres felices, a pesar de todo.
Si viniera un extraterrestre y, señalándome esa ventana me preguntara:    -¿Y esto…qué es? Le respondería: un dispositivo para soñar despierto.
                                               
                                                             A.C  ©






jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdo desmembrado

De todo no me acuerdo, aunque a veces me crea Funes

El árbol de la esquina de mi casa era un bello jacarandá, lo recuerdo florido.  El árbol estaba en  la vereda de la casa de Javier.  Creo que sus padres eran españoles. Un poco me gustaba el chico, un tiempo al menos.
Sólo recuerdo la escena de los gatos en el jacarandá  en media res y un nudo en la garganta. Si me preguntaran diría que tenía seis años en ese entonces, sospechosamente es la edad que tengo en la mayoría de mis recuerdos infantiles.
Había tres o cuatro gatitos muertos. Imágenes de bellos gatitos, pero también de masas deformes de vísceras, mucho gris, mucho rojo, ocres. No sé si uno todavía estaba vivo (quizás me confundo con un gato que vi de adolescente desde el colectivo, creo que era en Nazca, justo vi el instante en que – con el cuerpo pegado al piso- recostaba su cabeza entregado, o porque no daba más, o  para morir…justo en “Nazca”. Me acongojó esa visión del gato en medio de la avenida entre el barullo de los motores y el  asfalto áspero y duro).
Eran tres niños los que jugaban con los gatitos y la muerte; creo que uno era el mismo Javier. Hurgaban con palitos y ¿tal vez un cuchillo?  Revolvían en los cuerpos, se reían. Yo veía algo muy malo, lo veía, creo que no hacía nada para impedir la acción, o no lo recuerdo. ¿Impotencia? Sí estupefacción, tristeza, nunca había visto reír y desmembrar. Sí desmembrar en la carnicería del mercadito de Jonte, con la mano rosada por la sangre y los anillos de oro engrasados del carnicero. Y la máquina de picar expulsando los choricitos rojos. Pero esto nunca. Risas, carcajadas, y los gatitos muertos con sus interiores al aire. No me acuerdo si mi hermana estaba conmigo, creo que sí. Al fin poco me acuerdo. Bronca hacia esos niños. Mirar y saber que no lo olvidaría más. Como lo del gato en Nazca.
La sangre entre las flores celeste violáceas del jacarandá (la Minaglia decía azul violado, bromeábamos entre los compañeros de bellas artes, pero rechazo usar la palabra violación para algo que no sea violento)
Los gatitos muertos, sí, con el colchón de tierra y flores. Encima a veces me viene la imagen de uno que lo muestra vivo y de pronto lo clavan en el tronco del árbol, todo a las apuradas, como sabiendo de hacer algo malo y aún reírse.
Me fui a casa y sabía que no lo olvidaba más. Creo que ni lo conté, creo también que sentía vergüenza .Y yo no pude impedir nada y encima había mirado. Tristeza, y un nudo en la garganta.
Hace unos días, en el banco de abdominales de la plaza, entre el esfuerzo y la transpiración, miro- cada vez que subo con el torso- y veo que estoy a los pies de un bello jacarandá cubierto de flores, y mientras cuento una serie , y con el sonido de los loros a viva voz, veo que el rosa casi es fucsia, admiro la belleza de la imagen y me digo que seguro ese momento no lo voy a recordar…
Y me acuerdo de los gatitos y que lo voy a escribir. No recuerdo mucho. Si un gatito estaba vivo, quizás podría haberlo salvado, impedir que el chico que me gustaba siga con la carnicería. Creo que había una mirada de gatito latiendo.
Presenciaba algo que nunca había imaginado.
Hoy fui a la plaza,  desde el banco de los abdominales, asombrada, vi que el árbol a todas luces no es un jacarandá. Es un palo borracho, con su tronco panzón y sus flores rosadas, me sorprendí pensando qué filtros tendría esa mañana mi mirada para que haya vestido al árbol de jacarandá, quizás preparé el terreno para contar esta historia y arrojar estas cenizas de recuerdos desmembrados al mar del olvido.




                                                                     A.C  ©
                      
                                                     
                                     
                                                     






domingo, 7 de agosto de 2016

El fin de una larga conversación


Recibimos de j. la cuarta y última parte de esta historia:


            
                León de San Marcos Escultura en la Porta della Carta del Palacio Ducal de Venecia.

¿Cuál es la mejor palabra para sellar una larga conversación de casi tres años?
-“Ya acepté que estás fuera de mi alcance”
-“Andá a cagar",  (con y sin carita)
-“Chau”
Evidentemente es mejor un chau que ponga fin a lo anterior y determine que no haya más después. El me lo pidió: “No me escribas más por favor”.
La evidencia de la necesidad de olvidar y lo que cuesta, provocó que me humille, le haga la pregunta del millón y él diga: NO. Lo que tanto evité saber, la certeza que me guardé y la fantasía en que viví pensando en mil posibilidades que abonaran la respuesta correcta, él la cortó en seco. “¿En algún momento te gusté por lo menos un poquito?” : "NO"
No le creo y pienso: es malo y me lastima como ya lo hizo antes.  “Aburrís” me había dicho y volvió a decirme. Por otro lado tiendo a caer en el abismo de la fantasía cuyos efluvios  son tan acogedores; pero ya los reconozco y mi mente racional no puede más que aceptar. Nunca le gusté. Sin embargo…, en algunos momentos, al principio,… o aquella vez en el museo cuando con ese tono defraudado me dijo “estas careta”. Quizás fue mi imaginación, mi deseo.
Él dice NO. Eso abre una serie de interrogantes: ¿Cómo pude equivocarme tanto? ¿Cómo mis percepciones fueron tan desacertadas, no sabe eso una mujer? Pero este es otra clase de hombre. Nunca conocí a alguien así. Tan despectivo y a la vez tan educado. Tan formal y a la vez tan hijo de puta.  
Ya se no estoy bien y soy fantasiosa y obsesiva, pero siempre me pregunté porque me prestaba atención. Se salía de todos los esquemas. Sin interés sexual, se mostraba demasiado cariñoso y amable.
Pero cuando lo conocí pude hacerme una imagen real. La primera vez que lo vi me inspiro ternura, como si fuera un niño al que le faltó cariño. Quise abrazarlo pero él elegantemente lo evitó. Todo el tiempo parecía querer escapar de mí, aunque no tanto y yo leí su conducta como una forma de resistirse. Entonces podía culparme de no haber sido más lanzada, provocarlo. Nada que ver. Todo estaba en mi imaginación.
Antes dijo que me tenía cariño,  hoy que le caigo bien porque estoy pirada  como él, pero que está bien solo. Le digo: "¿qué tiene que ver que no te guste con que estés bien solo? ” pero no contesta.  Lo mando a cagar.
Y como ya estoy acostumbrada a los palos y éste me dolió, hoy le hice notar su maldad y contestó en modo boludo: "¿Preguntás, y como no te gusta lo que te digo soy malo?" "Aburrís. Beso”.  Me enojo y le digo; “No me mandes besos. Sos un farsante. Que te vaya bien” y él contesta “Ídem. No me escribas más por favor. Aburrís mucho. Chau”
“Aburrís” duele, pero “Aburrís mucho” suena a nene malcriado. Veinte minutos después se lo digo en mi despedida “Sos como un nene. Me despertás ternura. Chau”

Una frase final digna. Que no se si la leerá, pero estoy segura es el final. Por un lado estoy aliviada. Por el otro enojada con la mitad del género humano. Hombres : pensamos que si conocemos uno, conocemos todos y no, siempre hay alguno que rompe la regla. Al que es imposible conmover. Que nos despierta ternura pero al que no le despertamos nada. Que nos trata mal y es malo y cruel y aún lo queremos. Que nos hace pensar que quizás no es que no le gusto yo, quizás no le gustan las mujeres. Le gusta la Jelinek, me dijo. No sé si para ofenderme o es de verdad. Esas mujeres no-mujeres le gustan porque nunca tendrá una relación verdadera con una mujer así. Y él lo sabe. No quiere una relación verdadera  con ninguna mujer. Coger quizás sí, claro que no conmigo. Quizás es bisexual, está dándose cuenta que las mujeres lo hartan y hay hombres con lo que se siente muy bien, demasiado bien. Donde también hay un poco de maltrato, y de ver quien la tiene más larga, pero bueno, son hombres. Quizás no se anima. Pensar eso de alguna manera me alivia porque no es que no le gusto por fea e incogible, sino porque no hay posibilidad de que una mujer como yo le guste a un hombre como él.
                                                                                                    j.

jueves, 28 de julio de 2016

TRES FANTASÍAS



                                                   
                                                        La fiesta está en otra parte (2005)




En largos viajes en colectivo enhebro fantasías de todo tipo, como supongo hacen todos, tres de ellas tomaron la forma de cuentos, y hoy los comparto en este Desgenerándonos, espacio  de  “de todo un poco”.


El primero se me ocurrió un día de lluvia. Se trata de un hombre de unos cuarenta años, trabaja en oficina…y no sé mucho más, sólo que este hombre piensa que es desafortunado por algo en especial: no tiene el suficiente dinero para llevar a cabo ciertos productos innovadores  y no sabe cómo obtenerlo, o más bien ve como  imposible que alguien invierta en ellos. Se siente muy talentoso, un genio sin descubrir. Es tímido, sólo va de casa al trabajo y viceversa, viaja asiduamente en colectivo, donde alcanza su climax de ideas originales. Su timidez le impide pensar en cómo conseguir dinero para materializar en productos sus ideas. La escena de pedir un crédito en el banco le parece tan osada como desnudarse en la oficina frente a sus compañeros. No recuerdo sus inventos, sí al menos uno: un gancho para colgar el paraguas en el asiento del colectivo de adelante cuando se viaja sentado, y cosas por el estilo. En noches de copas confía en algún amigo su infortunio de carecer del dinero suficiente para sentarse a proyectar sus miles de  ocurrencias para hacer más amable la vida cotidiana. Las ideas bullen en su mente, lo asaltan de improviso al encontrarse con algún inconveniente … y zas… imagina la solución ¿Cómo llamaría a este hombre? Pongámosle Mario. Sucede que Mario juega al Loto y gana varios millones. Deja su trabajo, compra unas propiedades, invierte algún dinero en acciones , aconsejado por una prima asesora de finanzas. Mario se encuentra con su deseo cumplido: tiene su dinero, tiempo para proyectar, y planea a partir de un mañana ir a un cuarto luminoso de su nueva casa a idear su futuro como inventor. Llega ese mañana, mira sus garabatos en libretitas y elige unos diseños. Se dirige a variados comercios en busca de materiales y fabrica esos objetos. Su movida fracasa, una vez en el mercado, a nadie interesan. Parece que  esas necesidades eran sólo de Mario y sus pruritos, como el de olvidar el paraguas en el colectivo y por eso diseñar un porta paraguas, que se podía programar con un tiempo que se aproximara al del destino y una luz titilante y una voz avisaran “ no me olvides” o “ aquí estoy”. Mario se dio cuenta que estuvo muchos años pensando sus productos y si se hubiera atrevido a poner en práctica alguno, hubiera contrastado su eficacia en la realidad y hubiera podido modificar su “ invento” , cambiar los diseños, o enfocar sus proyectos en otros sentidos. Se amargó francamente. Se deprimió. Fue al psicólogo, éste lo derivó al psiquiatra , quien le dio paroxetina, droga que le daba mucha energía , mucha, pero poco enfoque de hacia dónde dirigirla. De a poco se la sacaron, se consoló con otras cosas y no supe más de él, sólo sé que murió viejito y bastante sabio, al menos daba consejos de luminosa sensatez.


El segundo se lo conté a mi amiga y me dijo que hay una película con ese mismo argumento, pero no se acordaba cuál era. Seguro que no la vi, y ahora cuento: se trata de una mujer de treinta y siete años. Le fue mal en muchos aspectos menos en el económico ( era de familia adinerada y había ella misma contribuido a engrosar el patrimonio) y quiere acabar con su vida lo más rápido posible, pero no se anima a suicidarse. En relación a esto último, hurgó en varios métodos y se le heló la sangre, en consecuencia concluyó en que no era capaz. ¿Cómo desparecer ya? En una noche febril, donde llueven infinidad de ideas, de pronto ve perfilarse una nítida y brillante: hacerse matar con un disparo. No planeé cómo pero contacta a un sicario y le encarga que la mate. El sicario era muy certero y profesional, quiso saber muchos datos de Lucía. Y ella, en un momento de desesperación, cuando definieron el tema del dinero, le dijo que si no la encontraba en su casa a partir del 24 de julio la buscara por la faz de la tierra, y luego,  cuando la matara, un secretario le daría tres millones …y pongamos de dólares. El sicario – quien se hacía llamar Bala de Plata-  tuvo un importante adelanto y lo esperaba el botín mayor. Lucía prefería que él la buscara y morir por sorpresa en vez de pactar un día y hora y esperar aterrada. Partió el 23 de julio para Valle Grande, Mendoza,  a una bella cabaña junto al río Atuel que inundaba con su trama sonora todos los momentos , sobre todo el alba y la noche donde los sonidos cotidianos merman y el murmullo del agua destaca. Lucía durmió con cierto desasosiego pensando que Bala de Plata estaría a su caza a partir de mañana. Empieza a nevar y ya el verde del pasto es un blanco celestoso. El administrador de las cabañas le ofrece un chocolate caliente tras golpear la puerta a Lucía. Ella se siente sin inhibiciones, en breve morirá, el administrador le resulta atractivo, lo invita a tomar el chocolate en su cabaña, y tras seducirlo y ver que él se siente atraído, hacen el amor. Lucía no cree haber gozado alguna vez como esta (quizás, la proximidad de la muerte le da tanto vértigo ) y a él se lo ve también gozoso..Lo hacen de nuevo, se besan como saboreando dulce de leche de la cuchara. Beben unos wiskies y se cuentan mucho de sus vidas, así por horas, no pueden dejar de acariciarse. Ella recobra sus ganas de vivir, no sólo por el bombón, quizás el moverse de lugar, el viajar unos kilómetros la hizo mirar desde otra perspectiva su vida y su futuro. A las siete de la mañana el administrador se va a su puesto con la piel lustrosa de tanta fricción. Ella se siente como después de una sesión de masajes o de una ducha tras clase de gimnasia. Una sonrisa se le dibuja en los labios …pero…¡el sicario! Ya no quiere que la mate, no, por nada del mundo, pero ¿cómo contactarse con él? ¡Quemó su número después de llamarlo de un locutorio del centro! Y así Lucía se convierte en fugitiva, como la serie que veía de chica : El fugitivo o también como El Increíble Hulk, o la película Los miserables, todas historias de vivir sintiéndose perseguido. Y así vive por todo el mundo, conociendo amores de pocas noches, visitando museos y demás, su dinero se lo permite. A la certeza de la muerte natural que le da sentido a la vida ( como  dice Monteiro Rossi  en el Sostiene Pereyra de Tabbuchi) ahora Lucía debe agregar la incerteza de la muerte a manos del sicario, lo que le da un sentido todavía más fuerte al día a día. Si el sicario la encuentra o no, no lo pensé,  la historia termina así.


Por último , la tercera historia. Un hombre vive con su familia en una casa en Villa Luro, una casa con una pared alta y un portón que hace las veces de puerta de garaje y de la casa. Por algunos años la pared había estado ajada, deslucida, despintada. Raúl , así se llama el hombre, logra reunir con su pareja cierto dinero para arreglar la casa y pintar el frente. En la cuadra de Juan Agustín García es la única casa tan dejada. Lo pinta de un color tostado que él mismo forma mezclando los pomitos en la base blanca. Durante el fin de semana pinta. Queda reluciente y la familia está feliz. A los dos días, la hija llega de bailar y despierta a la pareja anunciando a los gritos que pintaron con aerosol el frente. Raúl salta de la cama a pesar de la hora y el frío invernal y se encamina a la calle, rápidamente abre el portón y ya de frente al paredón ve una gran palabra escrita con aerosol azul. La palabra era NUNCA. La pintura ya estaba seca y había chorreado en algunos tramos. Raúl se sintió enfurecido y a la vez paralizado frente a la imagen que arruinaba su pintura. Fabiana apareció muy arropada a ver qué pasaba y se quedó perturabada mirando, lo tomó del brazo a su marido y lo condujo al interior de la casa. Al otro día Raúl tapó el NUNCA con la pintura tostada que le había sobrado, le dio tres o cuatro manos a la palabra que medía más de un metro de ancho. A los dos días, cuando Fabiana llega del trabajo ve enfurecida la misma palabra NUNCA otra vez en el frente. Enojo. Transurren los días hasta que el fin de semana vuelven a taparla. Y así, a los pocos días nuevemente la palabra chorreante vuelve a aparecer. La familia habla con vecinos, nadie había visto nada. Un familiar era policía, le comentan lo que sucede y éste se ofrece a enviarle a un compañero que anda por la zona para que vigile. A pesar de la vigilancia y ya que no comprendía las 24 horas… el NUNCA vuelve a parpadear en el muro , que ya muestra la superficie en relieve y con algunas grietas por las pintadas sucesivas. A quién recurrir? La cuadra no tiene cámaras y la familia no está en condiciones de adquirir una. El nerviosismo se apodera de ellos, los amigos le aconsejan que se relajen. Y así, por dos meses , dejan la palabra sin intervenir. Hasta que Raúl hace otro intento pintándola y al tiempo se la vuelven a escribir. Entonces sucede algo muy distinto. Un sábado a la noche vienen amigos de la pareja a cenar, un grupo grande , se divierten mucho, y beben vino jugando a degustar cepas  con los ojos cubiertos o con las etiquetas tapadas. Cuando se van los últimos amigos ,el estado de Raúl es de una embriaguez importante pero que todavía lo mantenía en pie. Entonces, visualiza una acción y la lleva a cabo. Sale a la puerta con una lata de un viejo esmalte sintético negro y un pincel bastante grueso y al lado del NUNCA  escribe un tembloroso MAS. Sí, aludía a la frase que reclama hasta hoy que no se repita el genocidio de la última dictadura en la Argentina. Raúl se sintió pleno, le había gustado pintar la palabra.Su mujer y su hija se sorprendieron con la actitud pero la celebraron. Raúl parecía el mismo zen de antes del primer NUNCA en la pared, muy distinto al turbado de este último tiempo. Por unos días no pasó más nada en la pared, sobre la frase algún vecino preguntó, nada más.Pero a la semana, un frío sábado,  una nueva palabra continuaba la frase, como si se tratara de un juego, de un cadáver exquisito destapado. PENSÉ aparecía escrita con pintura roja. Raúl fue a la pinturería del barrio y compró unos esmaltes en aerosol, los colores primarios y dos flúos. Allí lo asesoraron sobre su uso. El domingo al mediodía pintó con letras multicolores la palabra OLVIDAR , la que había escogido al azar del periódico, después de pensar qué palabra escribir y no ocurrírsele. Y así, pasaron los días, la persona X continuaba la frase y lo mismo hacía Raúl. NUNCA PENSÉ OLVIDAR TUS OJOS se podía leer en el muro. Y así se fue armando un frente con una frase que mostraba partes libres y otras superpuestas, hasta llegar a tramarse puras superposiciones, de diversos colores y tamaños de letras, creándose un florido palimpsesto. Hasta que Raúl ya no distinguió si había alguna palabra nueva en semejante urdimbre , y dejó de escribir, de pintar. El frente – de unos 10 x 4 metros- realmente emanaba vida y según muchos: belleza. Pasadas varias semanas, Rául extrañaba pintar el muro, pero sentía que sobraría un nuevo signo en la pared. Los aerosoles estuvieron guardados durante dos años en el lavadero. La vida transcurrió sin ellos, hasta una soleada mañana de septiembre. Faltaba un mes para las elecciones nacionales y los afiches con políticos se deplegaban sobre muchos muros. Había uno en particular, que Raúl miraba cada vez que iba a trabajar :un afiche del candidato que para él representaba el futuro más oscuro para el país. La imagen mostraba en plano medio al político al volante con un gesto que pretendía mostrar seguridad y estaba acompañada por un texto que decía: Sé conducir un país ,seguramente en alusión a las dudas expresadas en sondeos de opinión sobre las capacidades de un empresario para gobernar bien un país, esto es: sin tantas asimetrías, gobernar para todxs. Esa mañana , al ver el afiche Raúl alumbró una idea y pensó en sus aerosoles. A la vuelta del trabajo fue rápido al lavadero y los buscó, probó en un papel de diario el trazo y vio que dos estaban tapados, fue a la pinturería y le vendieron puntas de aerosol nuevas, eligió el trazo deseado y volvió a casa. Era viernes y tenía cosas que hacer , así que el sábado se levantó a las cuatro de la mañana, hora en que la ciudad estaría bastante desierta pensó. Cargó sus aerosoles en una mochila en su espalda, se tomó el 106 y se fue al centro. Una vez frente al afiche , sacó un aerosol negro y agregó un NO a la frase Sé conducir un país. Tapó con gracia algunos detalles para que el aerosol quedara como parte de la imagen. Y así, siguió con unos afiches más que había en los alrededores. Había algo de gente, pero nadie lo miró. Se sintió exultante. Volvió a su casa, le contó a Fabiana como salió todo, y ella le dijo que quería sumarse en la próxima. El lunes rumbo al trabajo Raúl vio con una sonrisa su afiche intervenido. Pasados dos meses conoció por internet grupos de activismo visual, como Mujeres Públicas o Proyecto Squatters, de activismo contrapubliciatrio. Así, Raúl y Fabiana continuaron algunos sábados interceptando afiches en la vía pública, expresándose y a la vez intentando contribuir  a pensar una sociedad más independiente de los imperativos de la publicidad, de la política, de los imperativos del discurso hegemónico. Todo estaba bien, fluía; la casa de Juan Agustín García seguía con su muro abigarrado de frases… pero nunca supieron quién empezó con las palabras. Vivieron tranquilos con esa incertidumbre, después de todo estamos tan acostumbrados a vivir con ellas.
                                      


                                                            A.C  ©




domingo, 24 de abril de 2016

La función del olvido

La palabra "olvidar" viene del latín vulgar y significa deslizarse de la memoria. Que se desprende de la memoria. "Recordar" viene del latín recordari. Re: de nuevo - cordis: corazón. Recordar es volver a pasar por el corazón. 


El sábado pasado vimos la obra Los ignorantes, en Habitar Gomez Espacio Cultural. Excelente texto, actuaciones y puesta. Salimos y nos quedamos pensando. 

Una mujer se cruza de casualidad en un aeropuerto con un amor postergado treinta años antes. Un hombre encuentra su diario de juventud y no se reconoce en él. Ambos regresan a su ciudad natal.
Retenemos una miserable parcela de lo que vivimos sin que nadie sepa por qué exactamente ésa y no otra. La primera de las evidencias: una realidad, tal cual era, ya no es. Su restitución es imposible. Pero, cuál es la función del olvido?

Cual es la función del olvido? Por un lado, liberarse. Limpiarse de ideas recurrentes, de pensamientos obsesivos, de imágenes demasiado vividas. Como dice Benasayag, las pasiones tristes y la impotencia son horribles, pero al mismo tiempo atraen. Son una fuente de fascinación. Es tentador dejarse seducir por los cantos de sirena de la desesperanza, saborear la dulce certidumbre de lo peor . Olvidar seria terapéutico en el sentido de acabar con la fuente de fascinación y poder pasar a otra cosa. Cerrar un circulo, cerrar una puerta, abrir una ventana. Escapar por la ventana.
Liberarse de su sonrisa. Pero no es algo que se pueda hacer voluntariamente. No puedo olvidar porque quiera, no puedo frenar pasar por el corazón todos esos recuerdos. Es algo que sucede, que pasa. Un día ya no pienso mas, y si lo recuerdo es con un dolor agudo ahí y nada mas. Por lo que pudo ser y no fue. Pero ya lo acepté. Las imágenes y fantasías de mi mente se van volando a un lugar lejano donde ya no joden mas. O se convierten en literatura de verdad y le agregan un plus a la belleza del mundo. O desaparecen sin más.

En la obra ella lo siguió llevando en su mente y alimentando el recuerdo en sucesivas ceremonias de recordación, como mirar el cenicero robado del bar que el le regaló. Como yo cuando pienso en su sonrisa. Pero él no la recuerda. Como puede ser tan importante para nosotros alguien que ni nos registra. Ella no es nadie. El universo no gira según nuestros deseos, gira simplemente.

Nos pareció que el actor es quizás demasiado joven, se da a entender en la obra que ambos andan por los 50 años. Sin embargo, esta bien así. El siguió siendo joven en los recuerdos de ella. El quedó fijado en un momento del pasado en una mente enamoradiza. Ella no fué feliz en su vida, y era fácil regodearse en ese recuerdo fijo y perfecto, aunque inconcluso. Es necesario olvidar, entonces. Hay que olvidar. Quizás es algo que se da, que se nos da. Como un don. Y así podemos seguir viviendo, ya sin ilusión, pero mas realistas. Sera?

Excelente obra, que dispara, como vieron, para muchos lados y cuestiones. La recomendamos gratamente. 
Si la ven comenten!

HABITAR GÓMEZ ESPACIO CULTURAL
Valentín Gómez 3155 (mapa)
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4862-9910
Web: http://www.habitandonos.com
Sábado - 20:00 hs - Hasta el 29/10/2016



sábado, 9 de abril de 2016

De amores no correspondidos II





" Penélope y los pretendientes" John  William Waterhouse ( 1912)



Lucy nos hizo llegar este escrito sobre lo que sintió al conocer a  un hombre ( al que llamaba Athus) después de meses de chatear con él, hace unos años...no dijo cuántos. Gracias Lucy por hacer tuyos algunos conceptos de nuestra entrada sobre el chat:

 http://desgenerandonos.blogspot.com.ar/2015/04/borrador-de-prologo-para-libro-de-amor.html

" Sólo lloraré al recordar mis sueños con ese ser que parecía no existir, pensó Lucy. Esa atmósfera de Cyrano entregando su voz y su prosapia a la dama de su desvelo sólo para que otro se lleve las mieles. Las dudas se disipan en la realidad. La realidad existe, como otras tantas construcciones humanas. Pero en la realidad cuesta más enmascarar las sensaciones; para eso están los sueños, el arte, cualquiera de las producciones simbólicas de los humanos.
De repente todo era tan comprensible. El velo cayó, como aquél de Adán y Eva, y la verdad parecía un ser desnudo. Qué mejor que la escuela de la vida para saber por ejemplo los alcances de la iconicidad, sus grados, su criterio de validación. Para saber que una voz es otra distinta a la de un teléfono. Que un mensaje, una réplica, es un sintagma extraño al paradigma de la conversación interpersonal. Que los intervalos de las réplicas en el chat, un tanto mecánicos y aparentemente azarosos pueden ser idénticos en acto y por eso más mecánicos aún.
Como en la pintura japonesa , el vacío nos llama, nos involucra como un imán a que seamos solidarios con él, a que lo completemos , y en este acto recíproco quizás sentirnos completos. En este vacío/ lleno de palabras bellas, osadas, de escrituras y borrones, de voces lejanas y cercanas, cuántos deseos solidarios y ansiosos de completarse se jugaron. Existieron sutiles descripciones de colores, músicas : como el jazz, la bossa nova, materiales de construcción, la ubicación de la casa, la mención a electrodomésticos de lujo, a perfumes, a puestos laborales, a formación académica, a conocimientos idiomáticos, literarios, filosóficos, referencias a cuidados del cuerpo, a la búsqueda obsesiva de placeres como meta ( querido Epicuro!) , a maneras de besar, de amar, a sueños y proyectos. Y el vacío fue chupando - como remolino en un tornado- todos esos elementos, configurando así un ser, a dos seres seguramente. Lloraré a ese ser- pensó Lucy- que no existe. Ahora entiendo el íntimo sentido de la frase de Nietzsche: Dios ha muerto... si lo hemos creado nosotros. Athus existe, algo de él, pero aquél que yo soñé está a millones de años luz. Soy una plañidera ante un ataúd vacío.
Ninguna culpa, ningún arrepentimiento, la experiencia trae un poco de paz a estos días arremolinados, de sueños húmedos, de ardientes palpitaciones, de escribir compulsivamente tejiendo y destejiendo historias como aquél paño de Penélope. Si tuviera que construir una culpa, un arrepentimiento : ¿ Cuál sería?- pensó- : el haber matado a un Dios"