domingo, 15 de octubre de 2017

En el escenario

Creo que estaba en quinto grado, cuando me tocó estudiar de memoria un texto largo para un  acto del 25 de mayo. Si bien – como la mayoría de las niñas- quería actuar de dama antigua y disfrutar de un bello vestido largo, peinado especial, maquillaje y todo eso,  como tenía voz potente- decían las maestras- , memoria y actitud, casi siempre me elegían para relatar, anunciar la obra, comentar, todo lo que se hacía sólo con guardapolvo. Me consolaba en casa disfrazándome de dama antigua con un vestido que le habían hecho a mi hermana para actuar. Rojo, de plush: peludito, con florcitas de colores en el pecho, no podía ser más lindo.
 Después de practicar muchas veces el parlamento, voy. Era un texto dividido en partes, unas cinco, al comienzo, entre y después de las actuaciones. Ahora que recuerdo, cada párrafo iba precedido por una fecha, de la semana de mayo. Una parte del comienzo decía:… “algunos venían de sus clásicas reuniones sociales. Cuando, de pronto…”  Pero antes de decir esto, en el comienzo, frente a un público numeroso, ni bien comienzo a hablar, los miro, siento una densidad distinta en el aire, me ronda de pronto la loca idea de mirar quiénes son, de buscar a mi madre, y en esa observación me quedo en blanco, como Carrie minutos antes que le tiren el balde con sangre de chancho, como en cámara lenta pienso que no recuerdo nada, sólo sé que no sé lo que tengo que decir, siento un silencio espeso que de a poco se ve interrumpido por la llamada de la seño detrás de escena soplándome el parlamento. Me late fuerte el corazón, tengo miedo, sensación de un gran desamparo. En esos segundos de mutismo, algo me atrae como vértigo desde una alta montaña. Estar sola en el escenario, más alta, mirar desde ahí a las personas… hasta que se activa la memoria y arranco como poseída, con gestos y mohines que equilibren tal falta. Cuando termina el acto, bajo, todos aplauden, padres de mis compañeros me felicitan, mi mamá me da un flor de beso, la maestra también; me reconforta ver que a pesar de la laguna recibo todo eso. Me dicen que el texto era difícil, largo y cosas por el estilo. Sentí un abrazo de cariño, popularidad, miradas de muchos. Me sorprendía que después de mi falta el aplauso fuera superlativo. Estuve mal y me felicitan.
Hasta el día de hoy, cuando hablo frente a un grupo, en una ronda de colegas, en una clase que me genere algún tipo de ansiedad, aparece aquél recuerdo superpuesto. Como si algo en mí buscara equivocarme, hacerme callar, quizás para sentir aquel abrazo rebosante.
Pero claro que cuando me equivoco o me quedo muda, o me enredo en frases sin sentido, no pasa nada, a lo sumo me miran un poco extrañados.

Todavía tengo a esta niña que reclama emociones fuertes.

                                                                      A.C


                                                                       
                                                                     














jueves, 5 de octubre de 2017

El chico del pulóver anaranjado con rayas azules





Viajo a terapia en colectivo durante una hora hasta Belgrano. Pasó una tarde de marzo que tomé el colectivo unos minutos antes de lo habitual y llegué temprano. Fui a la plaza cercana al consultorio y empecé a elegir algún banco para sentarme hasta la hora de la sesión. A simple vista estaban todos ocupados, pero encontré uno vacío. Apuré el paso mientras buscaba un cigarrillo en la cartera, cuando vi que se dirigía hacia el asiento elegido un adolescente o cómo decir, un chico saliendo de la adolescencia o bueno, un hombre de unos veintipico. De inmediato me llamó la atención su apariencia, vestía un pulóver y hacía mucho calor. Los colores de la prenda eran muy llamativos, un anaranjado subido con franjas en azul Francia. Lo voy a llamar chico. El chico iba  caminando lentamente y con aspecto de rigidez, no tanto como las momias andantes de las películas pero  más o menos. Tenía el pelo más bien largo, rubio claro, lacio, y rígido también. El jean era celeste claro, como esos llamados prelavados que se usaban hace tiempo. Zapatillas. El pulóver también me hacía acordar a unos de años atrás, con diseño geométrico y bastante largo. Viendo su andar  pétreo pensé que el chico quizás estuviera  drogado o hubiera tomado alcohol o tendría algún problema físico, no sé. También fantaseé que parecía un visitante del pasado recién bajado de la máquina del tiempo y todavía aturdido. Lentamente se sentó en el banco, pero justo en un extremo, dejando las tres cuartas partes libres. Yo ya llegaba al banco cuando pensé mejor buscar otro vacío, como hago siempre. Cuando estaba por pasar por adelante del chico sentado y a punto de encender el cigarrillo  me  dijo con voz tenue: señora, ¿puedo hacerle una pregunta? Y esperó mi respuesta. Sí, le dije, con cara de susto, no sé bien por qué o quizás porque todo lo que había inferido de él. ¿Sería tan amable de regalarme un cigarrillo? Sí, sí, le dije y busqué en la cartera, un tanto sorprendida por el uso del verbo regalar. Tardé bastante en dar de nuevo con el paquete hasta que le ofrecí uno, el que tomó tras acercar el brazo con extrema lentitud hasta mi mano . Le estoy muy agradecido, me dijo. De nada, o está bien, algo así dije sonriendo y retomando veloz la marcha, pero su voz nuevamente me lo impidió al decir: ¿sería tan amable de darme fuego? Sí, sí, le dije, agregando: ¿te molesta si te doy de acá? mostrándole mi cigarrillo prendido y sorteando la búsqueda en la cartera. Está bien, me dijo y tomándolo juntó la pequeña braza con el extremo del suyo apagado y empezó a sorber aire… lentamente. Lo observaba, y vi sus uñas medianamente cortas con mugre oscura debajo. Y pensé en esos largos segundos que quizás hacía tiempo que no se bañaba, o se ensució las manos, o no sé. Lo miré y vi que la rigidez de su cabello dorado era debido a lo mismo, se notaba que el pelo no había sido lavado hace tiempo. Su piel también se veía con aspecto graso, y sus manos me hicieron acordar a las manos del conocido dibujo de Durero, de dedos largos, pero sin nudos visibles, estilizadas, sin arrugas. Me devolvió el cigarrillo y con una leve sonrisa repitió: le estoy muy agradecido. Le devolví la sonrisa y le dije algo así como de nada, chau. Seguí caminado hasta encontrar un banco y pensé en los modales del chico, en sus manos, en su paz extrema. La reiteración del agradecimiento con idénticas palabras y tono me hizo acordar a Bartleby con su calmo y obsesivo “preferiría no hacerlo”.
Los cinco minutos que estuve en la plaza pensé en él, en el misterio que desprendía. Ya se había ido del banco y caminaba rígido con el cigarrillo. Pensé que no me tendría que haber agradecido el pucho, después de todo es una mierda, pero bueno, se entiende, un fumador que se quedó sin tabaco  agradece mucho el gesto. Se hizo la hora y fui a terapia.
A los dos días  se me ocurrió  visitar a mis padres con mi hija. Era una mañana soleada y calurosa. Tomamos unos mates y cuando estábamos por volver a casa mi padre comenzó a sentirse mal, leves mareos, pero como es hipertenso decidió ir a la farmacia para ver cómo andaba su presión. Le dije que lo  acompañaría  pero no quería, insistiendo en que él podía ir solo. Seguí insistiendo y fuimos los tres, de paso nosotras volveríamos a casa después de la farmacia. Una vez ahí le tomaron la presión y resultó  dentro de los parámetros normales. Cuando nos íbamos, me encontré con una compañera del secundario que hacía cuatro años no veía, estaba con su hijo de un año, así que nos quedamos hablando largo rato en la puerta del negocio. Al volver a casa – con mi padre también que insistió en acompañarnos- pensé en cómo cambian sobre la marcha los pequeños planes que uno hace, había seguido el impulso de tomar unos mates una hora nomás en lo de mis viejos y los hechos: mareos, encuentro con mi amiga, habían dilatado la salida más de dos horas.
Cuando estábamos por cruzar la calle de un pasaje a dos cuadras de mi casa y mientras  veníamos hablando animadamente miré  hacia la derecha y lo vi. Dos días después de esa aparición en la plaza el chico de aspecto sedado estaba caminado lentamente por el medio de la calle del pasaje. Como en un déjà vu, la visión era idéntica, misma ropa, mismo andar, mismo estado del pelo, mismo o más calor, sin cigarrillo. Lo miré de nuevo, dándome vuelta y viendo que seguía su marcha calma. Me dio una sensación de extrañeza, como si el libro Buscando a Wally – donde los niños deben buscar a este personaje siempre idéntico en distintos escenarios dibujados con profusión de seres y objetos- se hubiera hecho realidad. Le conté a mi padre: ¿ves a ese chico? Sí, sí. ¿no ves nada raro? Y… sí, camina raro. Seguí: además con este calor está en pulóver. Y sí, hay gente que se viste así con calor. Sí, pero yo lo vi en Belgrano, hace dos días, tan lejos de acá, con la misma ropa, mismo andar, ¿no es una casualidad increíble? Y sí, me dijo. Nada más. Si no hubiera ido a tu casa y a la farmacia y visto a Vanesa no lo hubiera visto. Y que lo haya visto no significa tampoco nada, supongo.
Pensé que son así algunas casualidades o probabilidades estadísticas, o lo que sea, azarosas y sin sentido. Y si tenía algún sentido y acá entramos al resbaladizo mundo de leer los hechos como señales, a mí se me escapa. Quizás tuvo como sentido el que hoy lo recuerde y lo cuente y quién dice alguna vez se me ocurra escribir un cuento dándole sentido a la reiterada visión del chico del pulóver anaranjado con franjas azules.
                                                              
                                                                          A.C (2009)
                                                                                        



jueves, 21 de septiembre de 2017

ENCUENTRO


Ayer me encontré nuevamente cara a cara con el tipo. Justamente a quién menos quería ver. Porque hay gente a la que uno nunca quiere ver, porque infunden temor por lo que son, por nuestros propios prejuicios, o por la cobardía de no querer enfrentarlos porque vienen a dejarnos expuestos.
Lo cierto es que estaba yo sentado en el banco de una plaza viendo pasar lo intrascendente de la vida. Así, entre ángeles y demonios volando por la cabeza, miré a un costado y lo vi. Estaba sentado al lado mío. Primero fue sorpresa pero inmediatamente pasó a ser rabia. Miré a otro lado ignorándolo, técnica que daba resultado porque siempre volvía a su celda. Dejé pasar unos minutos y volví la mirada,  allí seguía.
Tratando de demostrarle que aún conservo esta actitud de autoridad que supo conocer, me paré frente a él y comencé a reprenderlo. Que no tiene nada que hacer aquí a mi lado, que no quiero escuchar que viene a reclamar algo. Bien guardado y protegido lo supe tener. Desagradecido, yo que lo cuidé de todos los males del mundo. Hacerme esto a mí que siempre lo mantuve alejado de toda esa gente que solo buscaba hacerle daño.
Estaba pronto a tomarlo por la fuerza y meterlo preso nuevamente, pero me detuve. Tal vez por curiosidad, tal vez por ver en el rostro del tipo un gesto de doloroso cansancio y soledad,  o por darme cuenta que también yo estaba cansado de tener esta actitud de carcelero permanente. Lo cierto es que me detuve y algo, como una fuerza poderosa, impedía que cumpliera con el objetivo. El tipo seguía firme en su sitio. Así entonces, callado y sin poder mirarlo de frente, me senté nuevamente a su lado ya vencido.
El tipo me observaba con esos ojos de preso inocente y empezó a hablar. Era la primera vez que lo hacía, creo, o tal vez haya sido ayer el primer día que le presté atención.
Quería salir corriendo, pero no pude. Quería gritar pero me quedé sin voz. Y al mismo tiempo que escuchaba su relato, levanté la vista y lo miré de frente. No era la primera vez que lo miraba, pero sentí que era la primera vez que lo reconocía. Supe que algo trascendente estaba ocurriendo. Me hablaba de un mundo que yo creía oscuro y solitario y de pronto comenzaban a abrirse puertas con miles de soles y vidas del otro lado. Poco a poco toda la confusión del comienzo fue transformándose en unión. Y hubo calma donde antes había guerra. Y hubo magia donde antes todo era evidencia.
Ayer, por primera vez descubrí quién es ese tipo que supe tener secuestrado en mi interior, al que algunos llaman “el yo”. Ayer lo liberé para siempre, lloré y reí junto a él, pude verme…y renacer.

Luis Toriglia

viernes, 23 de junio de 2017

Un cielo lleno para mi tío Carlos

                                       
Viernes 2 de junio


                                             
                                           


Mi tío Carlos tenía un cuartito en la casa de mi abuela , lleno de cosas y cositas: bolitas de vidrio de colores, naipes, fotos antiguas, mucho polvo, estantes llenos, cajones con interior de paño rojo, herramientas, objetos que ni sabía qué eran . Entonces, cuando íbamos  a lo de Tina, después de almorzar, visitaba con mi hermana y mi tío el cuartito con ganas de revisar todo. Me acuerdo que tenía una araña embalsamada, de Brasil, con ojitos de vidrio, nos la regaló , estaba en una pequeña caja  de cartón, tenía el cuerpo medio achatado, como aplastado. Mi tío abría los cajones y hacía ruidos con la boca como si chirriaran, y ponía un gesto como que allí había un misterio. Siempre comentaba algún dato curioso o historias extraordinarias. También le salía muy bien el maullido del gato. 
El tío Carlos tenía un telescopio, no sé si aún lo tiene, y yo que amaba el Principito, fantaseaba encontrarlo en una estrella. Él me enseñó a reconocer satélites y otras detalles del cielo.
También recuerdo cuando jugaban a ser novios con la tía Susi y fingía que le daba un beso, aunque yo me daba cuenta que no era verdad.Todo esto fue en mi niñez. 
A los veintipico , ya en Bellas Artes, trabajé en su ferretería. Lo apasionaba el trabajo, era muy detallista, exigente, con humor ácido. A veces discutíamos un tanto acaloradamente. Siempre dice que soy muy trabajadora y cuenta que barnicé muchos estantes y cajones de la ferretería.
Con los años lo veía casi siempre en año nuevo, cuando se reúne toda la familia. A las 00 hs del festejo esperábamos su pirotecnia, hubo veces que era un pequeño arsenal. La manipulaba con una seriedad pasmosa.
Generalmente sé de él por mi madre. No lo vi por dos años, faltó su pirotecnia  esos dos 31, creo que un par de años atrás tampoco trajo, capaz enterado de las campañas para acabar con la costumbre por las consecuencias, como las heridas de los humanos y el estrés de los animales.
Lo vi hace un mes aproximadamente, en el hospital, está muy enfermo, cuando fui a saludarlo todavía se lo veía bien, recién operado. Tengo tristeza y bronca de los mundos que se desintegran y se apagan tan pronto. Una vida muy dura en cuanto a su salud, pero siempre adelante. 
Desde esta noche triste te dedico todas las estrellas y sus misterios, aviones , que te apasionan, y un cuartito lleno de  maravillas.



                    



Escribí y pinté lo de arriba  en la madrugada del sábado 2. Entrada la mañana me enteré que mi tío había muerto, más tarde supe que a las dos y media, cuando lo evocaba, y pensé que era algo misterioso y mágico, como sus historias.
a.c   
                                                                                                                                                   

sábado, 20 de mayo de 2017

Cucarachas



                                                                                 

Cansada del terror a las cucarachas, se me ocurrió al ver aparecer una -en esa madrugada de estudio encerrada en la cocina- como muñeca rusa encerrarla a ella también, pero  en un frasco de vidrio, por un lado para controlar sus movimientos, por otro para observarla detenidamente, ya que había escuchado que las fobias se curaban transitando el encuentro con sus detonadores. La miré minuciosamente, mientras los apuntes de historia del arte 1 resultaban una escenografía dulzona comparada con el siniestro insecto, que para mí era más que insecto. ¿Más que insecto? Quiero decir que le daba un poder superlativo ni bien la veía aparecer con su oscuridad, y sus patas peludas. Mi primera psicóloga se rió a las carcajadas cuando relaté con histrionismo  y con cierto pudor a la vez, que había tenido un encuentro estremecedor con el insecto. Sucedió una tarde en que lavaba una ropa a mano en el lavadero, todavía vivía en lo de mis padres, cuando de repente – entre enjuague y enjuague en el balde, en ese gesto típico de retorcida de los tejidos con ambas manos, levanto la vista apelada por no sé qué y ahí estaba en la pared gris una flor de cucaracha zarandeando las antenas a diestra y siniestra, sus patas bien agarraditas a la pintura, sus marrones negruzcos colores del cuerpo la hacían repugnantemente lustrosa, ay, tuve miedo y al instante grité muy fuerte y ella corrió por la pared, ella, sin género corrió. Le conté a Luisa y, como dije, se rió  y me preguntó con tono suspicaz: “Pero Andrea ¿ las cucarachas tienen oídos?” - Supongo que sí…y me aplaqué ante su risa que le hacía poner la cara roja y brillante. -Supongo que escuchará…porque salió corriendo cuando grité, le dije. Mientras hablaba, ya un poco nerviosa por sentirme motivo de risa,  me iba imaginando el agujero del oído de la cucaracha, el tímpano, y yo también me sonrojé, entonces concluimos que seguramente el insecto me intuyó por las antenas y el aire en movimiento  por  mi grito y todo eso. Volviendo al frasco de vidrio, ese día la encerré y la observé con la voluntad de sacarme el miedo hacia ella. Se me aflojaban las piernas mientras observaba sus patas  apoyadas al vidrio, por momentos resbalándose y volviendo a erguirse; sus patas: digamos jamones torneados, de varios tonos, todo en la gama de los tierras, color con el que yo pinté mucho tiempo y aún hoy a veces. Su caparazón alado emitía brillo por la luz que lo bañaba, su parte interior, ¿panza? Era más clara, muy compleja y  simétrica. Parecía un ser con armadura. Pensé en todo cuando la miraba, su cabeza  y cuello. ¿Por qué le tenía tanto miedo? Pensé que si la soltaba podía volar y venírseme a la cara, quizás a la boca, como mi mamá me contó que de chica  le pasó - cuando casi era bebé-  que le entró una cigarra en la boca, y era grande , y mi abuela se la arrancó y mi mamá se quedó con la cabeza en la boca. Me había dado asco y terror esa historia. Quizás me imaginaba algo así, imaginarme morder algo así e intuir su sonido y algún jugo feo. Además la cucaracha era un insecto grande y bastante rápido, no como los bichos con los que jugaba de niña: el inofensivo bicho bolita, o el de san Antonio tan dulce, sí era grande el cascarudo, pero parecía de plástico, con su color uniforme y encima era lentísimo, de ese sí podía huir. El cascarudo sería como Frankestein por lo lento y la cucaracha como Drácula, veloz, volador y versátil, mi monstruo más temido de la infancia. También llegué a pensar que todo el miedo tendría que ver con la chancleta con que mi mamá -si nos alcanzaba- nos pegaba, era de color blanco amarillento nacarado y con esa mi mamá mataba a las cucarachas cuando se animaba, porque ella les tenía y -aún hoy les tiene-  terror (es más , hace poco me contó aliviada que se anima a matarlas con el aerosol)  Mi hija me vio correr y gritar varias veces ante una cucaracha pero no heredó mi miedo, pero le dan terror las arañas, que a mí ni fú ni fá, bueno, a no ser que aparezca una tarántula en algún lugar inesperado. Yo también anduve hace un tiempo con el insecticida en aerosol, pero el problema es que me da lástima verlas sufrir, así que al par que habré matado casi le vacié  el insecticida para que la muerte llegara pronto. A veces, cuando veo una cucaracha y mi marido la mata (encima le da pena y exclama -luego del crujido que imagino porque me tapo los oídos o canto- : ¡pobre bicho!)  sucede que me parece que cualquier manchita es una de ellas. Mancha más que manchita, porque las chiquitas no me dan miedo. Esa noche, estudiando los egipcios en la cocina, historia del arte 1, la miré a través del vidrio, no hubo caso, pasé un papel rígido por debajo del frasco, lo sostuve  con una mano por arriba y con otra por abajo y fui a soltar  la cucaracha a la calle, yo no podía matarla, pero la quería bien lejos de mí. Quizás me acordé de la máxima que San Martín le decía a su hija al querer matar una mosca y que me contaba de chica mi mamá: en el mundo hay lugar para las dos.


                                                                                  A.C  





viernes, 12 de mayo de 2017

Te vi...



El mes pasado fuimos con los chicos de quinto y sexto al museo Quinquela Martín de La Boca, paseamos por Caminito y caminamos al costado del Riachuelo por la vereda de adoquines coloridos. Sacamos muchas fotos. Al mediodía de ese hermoso día de sol  comenzamos a subir al micro, yo estaba a unos metros, barriendo con la mirada en gesto obsesivo a ver si quedaba algún chico ( digo obsesivo porque ya los habíamos contado) cuando vi una imagen , un encuadre, que me sugirió de inmediato ser fotografiada. Me apuré y la saqué, y corriendo volví al micro.










Pensé que la imagen me convocaba, y me recordaba algo, ese clima de tranquilidad, las personas sentadas frente al río, una quizás a punto de almorzar, un puente... No sólo era lo visible de  la imagen aquello que me traía un eco, sino algo emotivo, estético, una música quizás. A los días, mientras descargaba las fotos a la computadora, me acordé a qué  me recordaba.












A la entrañable imagen de  Manhattan, de Woody Allen. En contraluz, la pareja sentada frente al río, el puente. Me acordé también de los engramas de Aby Warburg, esas imágenes que tienen capacidad de pervivencia en la memoria individual o colectiva. 
La imagen de La Boca, captada en unos segundos vino con la carga extra de otra, vista hace años, ese contraluz, un banco, un puente, una música, una carga de sensaciones.Cuántas resonancias de imágenes nos guiarán más o menos concientemente al producir las nuestras.


                                                                      A.C    



domingo, 16 de abril de 2017

Keep scrolling



18 de febrero
Cinco veces me bloqueó; ya es suficiente. Se parece mucho a una obsesión de mi parte, y a una resistencia caprichosa de parte de él. Una negativa obstinada, un horror al vacío, una huida hacia adelante. Ya me inquieta su insistencia en rechazarme, tanto que tiendo a pensar que sólo se desprecia lo que alguna vez se deseó. Deseos vanos.

25 de febrero
De nuevo lo stalkeo y descubro en su portada una placa que dice "you are an addict; keep scrolling" Siento me habla a mi. Es bastante vergonzante porque sabe que rolleo cual enredadera. Pero pensar que piensa en mí al punto de mandarme indirectas, aunque no sean muy halagadoras, me halaga. Piensa en mí .Ice man.
No me odia ni me quiere, no lo suficiente como para descongelarse.

7 de marzo
Sigo metiéndome en sus cosas pero para nada ,porque no publica nada público. O algo, esa foto de una rubia alta y flaca como le gustan a él. Una modelo, joven, de jeans rotos. Si sigo pensando que lo que pone es para mandarme indirectas a mí, el mensaje es claro: "estas son las mujeres que me gustan, que me atraen, y como ves, vos no tenes nada que ver." Pero creo que es una exageración pensar que su pensamiento vaya por ese lado. A veces me concentro en pensar en él como si pudiera a voluntad hacer que  piense en mí. Que se acuerde de nuestras charlas, de las veces, pocas, en que le parecí merecedora de una de sus sonrisas. Por que pasó, una o dos veces me miró y me sonrió. Pero sé que es inútil, un sueño demasiado insistente y recurrente, un capricho, una aspiración romántica en la que él es extranjero. Al menos con respecto a mí. Sé que se enamora por periodos cortos, pero intensos, se aburre. ¿Habrá pasado eso conmigo? Improbable.

J.

martes, 11 de abril de 2017

La ventana de Santiago


                                                           


Hay una ventana en Santiago de Compostela, sí, hay muchas, pero hay una en el techo de una buhardilla, entre varias. Está en el centro, inclinada, y su vidrio traslúcido muestra – además del cielo- los edificios de la plaza principal. Por esa ventana miré, también probé abrir su vidrio y me sopló un viento fresco de enero en la cara.
Hay una ventana en Santiago de Compostela, en esa buhardilla impecable, luminosa de sol y de luna, y llena de madera. La miro mucho y me @ tanto. A través de ella se cuelan los edificios de la plaza, la aguja de la catedral, edificios altos, tostados y barrocos.
¿Mi abuelo habrá pasado por esta calle? Quizás había sólo aire en lugar de este apartamento.
La buhardilla me hechiza y su brebaje me pone el ánimo deseante, bullente, un poco megalómano. Se dibujan ideas mirando la ventana. Se me ocurre que de esta belleza pueden nacer ideas floridas. Pareciera que casi todo es posible.
La ventana como artefacto de mediación entre la intemperie y el cobijo, también encuadre de mundos, de copas de árboles, de los cambios de matices del cielo, de arquitecturas diacrónicas, se ofrece como un film con profundidad de campo, donde todo aparece ante la vista, colándose la “ambigüedad de lo real”. Un film con tiempos muertos que permiten habitarlos y dejan al pensamiento enhebrar ideas.
Barro con la mirada la buhardilla y se me presenta Álvaro de Campos, el intenso heterónimo de Pessoa. Salpican el lugar sus sueños de genio de la buhardilla entre tantos que creen también serlo. Te vi Pessoa en Lisboa, antes de llegar a Santiago, y es verdad que Lisboa resplandece, hasta obligarnos a pestañear dosificando la luz que se refleja por todas partes, desde sus muros azulejados  a sus pavimentos de piedra lustrosa. Me daba pudor acercarme a tu estatua al frente de A Brasilera para sacarme una  foto. Todos tomaban su café en la vereda, el tranvía se colmaba de pasajeros, una joven elegante, con zapatos rojos, escuchaba atenta a un escritor que quería venderle su novela. Ella cortésmente lo escuchaba y con una sonrisa cordial se alejó sin comprarla. El escritor buscaba con la mirada a otros, por las dudas miré para otro lado, por timidez o vagancia. Además, quería disfrutar ese momento de observar y hasta oler Lisboa. Mis sentidos se llenaban, y algo de eso se está derramando en estas palabras. Escuchar al escritor me hubiera llevado a otra escena, además no deseaba transpirar. Por fin me animé y me senté en el banco de bronce que acompaña a la estatua de Pessoa. Muchos se sacaban fotos, y eso hice. Posé tomando la mano fría, me puse casi seria, ya que pensé que era el mejor gesto para acompañar a Álvaro. Y quedamos unos segundos de la mano, y volví a vivenciar el poder de las imágenes, en este caso la estatua, que hace que les demos una entidad vital. Y de paso me acuerdo el relato de un compañero de Bellas Artes, que hizo un grupo de esculturas para una iglesia y visitándola un día, vio cómo los fieles las acariciaban, les hablaban, mientras él recordaba el trabajo que le habían dado, que sólo eran esculturas, las miraba sin el halo divino que ahora le conferían: su nueva aura.
El mundo se armaba de nuevo, como en Tabaquería.
La ventana de Santiago me deja ver la lluvia, me regala un arco iris y el  recuerdo de otras ventanas, como la del libro acordeón en el que dibujé varias y que se perdió camino a una exposición. Las ventanas no sólo iluminan, ventilan, en relación al plano físico o material, sino también a las ideas. Si tuviera un taller así, pensé, y en la imaginación se empezó armar la genia de la buhardilla…mirando la ventana gritaría: ¡mundo! Prepárense ¡allí voy!...cada vez que quisiera contar algo. Beber la luz de esa ventana sería más potente que cualquier estímulo. ¿Hace falta tanta escenografía para crear?
Cuando tenía ocho o nueve años, mi abuelo me dijo un día desde su cama - en la que pasaba mucho tiempo - : - Córreme la cortina, quiero ver las montañas. Asombrada le dije: -¿Qué? – Que me corras las cortinas, quiero ver las montañas. – Abuelo ¿Qué te pasa?, le pregunté perpleja, y agregué: - si no hay montañas…está el jardín. Entonces, me habló de las montañas de su Santiago, y del caballo con que paseaba y creí que el abuelo soñaba despierto. Mamá después me dijo que tenía algo así como demencia, por su edad, y que por lo visto recordaba su tierra. Mamá siempre decía, aún hoy, que lo mejor es quedarse en su país, ella es italiana. Yo, de chica, pensaba que si ella se quedaba en su país, no hubiera conocido a mi papá, y por lo tanto mi hermana y yo no hubiésemos nacido. Pero bueno, esta lógica no conducía a  ninguna parte. Su frase siempre me hizo empatizar con su desarraigo, y cuando digo esto me viene una cascada de relatos que  me hizo de su niñez en su pueblo de Toscana, donde vivió hasta los nueve años. Así, mi abuelo creía estar en su tierra durante los últimos años de su vida.
La ventana de Santiago me mostraba una ciudad que no habito, de la que apenas intuí su pulso, bella por todos lados, y también ajena.
En la buhardilla vemos TV y nos enteramos lo que muestran los medios de España, mientras nuestros celulares nos traen la cercanía y abrigo de nuestros afectos y  tristes noticias de la Argentina.
Mi hija hizo un increíble dibujo de lo que veía por la ventana, los edificios con sus techos y colorido.
Antes de seguir viaje hacia Oviedo, me propuse averiguar si era posible poner una ventana en el techo de casa, así, como la que cuento. Sí, habría más luz, y esa magia, y el genio creador. Ya en Buenos Aires, y en casa, busqué en la web y encontré una igual. ¿Pero igual? Sólo su aspecto, su marco. Pero la ventana no venía con el cielo estrellado de aquel sábado y todo un arco de sensaciones y emociones. Le saqué algunas fotos a la ventana de Santiago. Me va a acompañar quizás mucho tiempo su recuerdo, recuerdo de ese momento mágico en que estábamos los tres felices, a pesar de todo.
Si viniera un extraterrestre y, señalándome esa ventana me preguntara:    -¿Y esto…qué es? Le respondería: un dispositivo para soñar despierto.
                                               
                                                             A.C  






jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdo desmembrado

De todo no me acuerdo, aunque a veces me crea Funes

El árbol de la esquina de mi casa era un bello jacarandá, lo recuerdo florido.  El árbol estaba en  la vereda de la casa de Javier.  Creo que sus padres eran españoles. Un poco me gustaba el chico, un tiempo al menos.
Sólo recuerdo la escena de los gatos en el jacarandá  en media res y un nudo en la garganta. Si me preguntaran diría que tenía seis años en ese entonces, sospechosamente es la edad que tengo en la mayoría de mis recuerdos infantiles.
Había tres o cuatro gatitos muertos. Imágenes de bellos gatitos, pero también de masas deformes de vísceras, mucho gris, mucho rojo, ocres. No sé si uno todavía estaba vivo (quizás me confundo con un gato que vi de adolescente desde el colectivo, creo que era en Nazca, justo vi el instante en que – con el cuerpo pegado al piso- recostaba su cabeza entregado, o porque no daba más, o  para morir…justo en “Nazca”. Me acongojó esa visión del gato en medio de la avenida entre el barullo de los motores y el  asfalto áspero y duro).
Eran tres niños los que jugaban con los gatitos y la muerte; creo que uno era el mismo Javier. Hurgaban con palitos y ¿tal vez un cuchillo?  Revolvían en los cuerpos, se reían. Yo veía algo muy malo, lo veía, creo que no hacía nada para impedir la acción, o no lo recuerdo. ¿Impotencia? Sí estupefacción, tristeza, nunca había visto reír y desmembrar. Sí desmembrar en la carnicería del mercadito de Jonte, con la mano rosada por la sangre y los anillos de oro engrasados del carnicero. Y la máquina de picar expulsando los choricitos rojos. Pero esto nunca. Risas, carcajadas, y los gatitos muertos con sus interiores al aire. No me acuerdo si mi hermana estaba conmigo, creo que sí. Al fin poco me acuerdo. Bronca hacia esos niños. Mirar y saber que no lo olvidaría más. Como lo del gato en Nazca.
La sangre entre las flores celeste violáceas del jacarandá (la Minaglia decía azul violado, bromeábamos entre los compañeros de bellas artes, pero rechazo usar la palabra violación para algo que no sea violento)
Los gatitos muertos, sí, con el colchón de tierra y flores. Encima a veces me viene la imagen de uno que lo muestra vivo y de pronto lo clavan en el tronco del árbol, todo a las apuradas, como sabiendo de hacer algo malo y aún reírse.
Me fui a casa y sabía que no lo olvidaba más. Creo que ni lo conté, creo también que sentía vergüenza .Y yo no pude impedir nada y encima había mirado. Tristeza, y un nudo en la garganta.
Hace unos días, en el banco de abdominales de la plaza, entre el esfuerzo y la transpiración, miro- cada vez que subo con el torso- y veo que estoy a los pies de un bello jacarandá cubierto de flores, y mientras cuento una serie , y con el sonido de los loros a viva voz, veo que el rosa casi es fucsia, admiro la belleza de la imagen y me digo que seguro ese momento no lo voy a recordar…
Y me acuerdo de los gatitos y que lo voy a escribir. No recuerdo mucho. Si un gatito estaba vivo, quizás podría haberlo salvado, impedir que el chico que me gustaba siga con la carnicería. Creo que había una mirada de gatito latiendo.
Presenciaba algo que nunca había imaginado.
Hoy fui a la plaza,  desde el banco de los abdominales, asombrada, vi que el árbol a todas luces no es un jacarandá. Es un palo borracho, con su tronco panzón y sus flores rosadas, me sorprendí pensando qué filtros tendría esa mañana mi mirada para que haya vestido al árbol de jacarandá, quizás preparé el terreno para contar esta historia y arrojar estas cenizas de recuerdos desmembrados al mar del olvido.




                                                                     A.C  
                      
                                                     
                                     
                                                     






domingo, 7 de agosto de 2016

El fin de una larga conversación


Recibimos de j. la cuarta y última parte de esta historia:


            
                León de San Marcos Escultura en la Porta della Carta del Palacio Ducal de Venecia.

¿Cuál es la mejor palabra para sellar una larga conversación de casi tres años?
-“Ya acepté que estás fuera de mi alcance”
-“Andá a cagar",  (con y sin carita)
-“Chau”
Evidentemente es mejor un chau que ponga fin a lo anterior y determine que no haya más después. El me lo pidió: “No me escribas más por favor”.
La evidencia de la necesidad de olvidar y lo que cuesta, provocó que me humille, le haga la pregunta del millón y él diga: NO. Lo que tanto evité saber, la certeza que me guardé y la fantasía en que viví pensando en mil posibilidades que abonaran la respuesta correcta, él la cortó en seco. “¿En algún momento te gusté por lo menos un poquito?” : "NO"
No le creo y pienso: es malo y me lastima como ya lo hizo antes.  “Aburrís” me había dicho y volvió a decirme. Por otro lado tiendo a caer en el abismo de la fantasía cuyos efluvios  son tan acogedores; pero ya los reconozco y mi mente racional no puede más que aceptar. Nunca le gusté. Sin embargo…, en algunos momentos, al principio,… o aquella vez en el museo cuando con ese tono defraudado me dijo “estas careta”. Quizás fue mi imaginación, mi deseo.
Él dice NO. Eso abre una serie de interrogantes: ¿Cómo pude equivocarme tanto? ¿Cómo mis percepciones fueron tan desacertadas, no sabe eso una mujer? Pero este es otra clase de hombre. Nunca conocí a alguien así. Tan despectivo y a la vez tan educado. Tan formal y a la vez tan hijo de puta.  
Ya se no estoy bien y soy fantasiosa y obsesiva, pero siempre me pregunté porque me prestaba atención. Se salía de todos los esquemas. Sin interés sexual, se mostraba demasiado cariñoso y amable.
Pero cuando lo conocí pude hacerme una imagen real. La primera vez que lo vi me inspiro ternura, como si fuera un niño al que le faltó cariño. Quise abrazarlo pero él elegantemente lo evitó. Todo el tiempo parecía querer escapar de mí, aunque no tanto y yo leí su conducta como una forma de resistirse. Entonces podía culparme de no haber sido más lanzada, provocarlo. Nada que ver. Todo estaba en mi imaginación.
Antes dijo que me tenía cariño,  hoy que le caigo bien porque estoy pirada  como él, pero que está bien solo. Le digo: "¿qué tiene que ver que no te guste con que estés bien solo? ” pero no contesta.  Lo mando a cagar.
Y como ya estoy acostumbrada a los palos y éste me dolió, hoy le hice notar su maldad y contestó en modo boludo: "¿Preguntás, y como no te gusta lo que te digo soy malo?" "Aburrís. Beso”.  Me enojo y le digo; “No me mandes besos. Sos un farsante. Que te vaya bien” y él contesta “Ídem. No me escribas más por favor. Aburrís mucho. Chau”
“Aburrís” duele, pero “Aburrís mucho” suena a nene malcriado. Veinte minutos después se lo digo en mi despedida “Sos como un nene. Me despertás ternura. Chau”

Una frase final digna. Que no se si la leerá, pero estoy segura es el final. Por un lado estoy aliviada. Por el otro enojada con la mitad del género humano. Hombres : pensamos que si conocemos uno, conocemos todos y no, siempre hay alguno que rompe la regla. Al que es imposible conmover. Que nos despierta ternura pero al que no le despertamos nada. Que nos trata mal y es malo y cruel y aún lo queremos. Que nos hace pensar que quizás no es que no le gusto yo, quizás no le gustan las mujeres. Le gusta la Jelinek, me dijo. No sé si para ofenderme o es de verdad. Esas mujeres no-mujeres le gustan porque nunca tendrá una relación verdadera con una mujer así. Y él lo sabe. No quiere una relación verdadera  con ninguna mujer. Coger quizás sí, claro que no conmigo. Quizás es bisexual, está dándose cuenta que las mujeres lo hartan y hay hombres con lo que se siente muy bien, demasiado bien. Donde también hay un poco de maltrato, y de ver quien la tiene más larga, pero bueno, son hombres. Quizás no se anima. Pensar eso de alguna manera me alivia porque no es que no le gusto por fea e incogible, sino porque no hay posibilidad de que una mujer como yo le guste a un hombre como él.
                                                                                                    j.