sábado, 20 de enero de 2018

Auspiciantes




Si me auspiciara Grolsch
sería más plena
más abierta
más amable
más amante
que 
cuando lo hace
Gador.
Mi meta
es:
 no tener
auspiciantes.


     B.J

lunes, 15 de enero de 2018

La mujer del cierre bajo...o cuando pienso demasiado... o...el infierno son los otros.




                                           

                                        

   En mi libretita de ideas anterior – que estaba en la cartera que me robaron en abril- estaba marcada como pendiente para escribir una anécdota: la señora del cierre, o la de la plaza, o la vieja del cierre, aunque reprimo siempre decir vieja a una mujer de unos cuantos años, al menos públicamente, bah en casa sí a veces mando una frase de ese tenor, pero tengo que estar enojada o con el ánimo alterado. Será porque una vez murmuraron de mí “vieja"…seguido de una grosería, y lo oí, y me dio como un latigazo la frase, sobre todo porque tenía 34 años, y a pesar de que la frase venía de labios de un nene de nueve años, para el que seguramente era una vieja. Podría titular: la viejita del cierre, y así combinamos sus muchos años con la ternura del diminutivo, ternura quizás injustificada porque quién no me asegura que fuera una vieja de mierda: justo la que me dijo aquél nene y no había decidido contar, ahora ya está. Sí, me había dicho vieja de mierda, pero esa es otra historia que ya conté varias veces y creo que ahora no tiene sentido, al menos por ahora, salvo que algún día me anime a contar esa larga historia que título para abreviar: La Comunidad, nombre que tomé prestado del film de ese nombre dirigido por Alex de la Iglesia y que vi de casualidad en la tv en medio de una serie de sucesos que enseguida se aglutinaron cómodamente bajo ese título. Veo también que pienso mucho en los títulos. Mi anterior blog se llamaba Sin título, lo pensé en relación a las obras de arte nombradas así, y a la vez me daba libertad para publicar lo que me venía en ganas sin pensar que no era adecuado para ese espacio. Volviendo a lo de vieja, hace poco me lo gritaron putéandome con  desesperación.. Fue un conductor, del que sólo conocí la voz, porque pasó rápido cuando yo bajaba del cordón viniendo del chino, seguramente se asustó porque debo haber bajado muy jugada, la verdad no sentí ningún peligro, ni me di cuenta, pero al instante escuché ¡Vieja... y la puteada y vi un brazo gesticulando fuera del auto, todo esto cuando ya pasaba la otra esquina. Entonces, al instante de darme cuenta que las frases eran para mí grité lo más alto que pude: ¡¿qué te pasa pelotudo?! Sintiendo una inyección instantánea de adrenalina- quizás por miedo a que detenga su auto y me venga a pegar- que me dio risa nerviosa y a la vez liberadora. Obviamente al llegar a casa pensé: ¿en jogineta y todo doy tan vieja?y bue, ya tengo tantos años… y me sonreí viajando en el tiempo y pensando el acoso callejero que viví hasta los cuarenta más o menos, y ahora me putean, parece que el varón siempre se tiene que expresar; ahora ya casi ningún hombre me dice “piropos”, salvo un chau de un desconocido, un guiño, una frase tranquila, o como el  beso gestual dado por un taxista jovato una tarde de lluvia en Olivera, y cuyo recuerdo me provoca una sonrisa cómica. Yo tenía unos 45 años, iba a almorzar a lo de mi suegra, justo al bajar del colectivo comienza a llover, y no llevaba paraguas. Me quedaban unas diez cuadras por caminar, dudaba si tomarme un taxi, cuando veo uno detenido en el semáforo. Veo que el taxista me mira y en un gesto muy empalagoso, con caída de ojos y todo, se besa el índice y sopla ese besito invisible a mí. Mientras se abre el semáforo y los autos, entre ellos el taxi en cuestión, avanzan, me surge una carcajada y camino rauda a lo de mi suegra. Pensaba al caminar que hacía tiempo venía disfrutando la invisibilidad masculina por las calles, albañiles incluidos, y bue, el taxista me sorprendió. Y no puedo avanzar sin darle lugar a otro breve recuerdo que se encadena a lo dicho, con respecto a los albañiles: un día, venía del trabajo, y llegando a casa, había una obra, un albañil entraba unos materiales y otro montado en la caja de un camión descargaba otros. Por instinto dudé ¿paso por ahí? Recordando las veces que crucé calles en mi vida esquivando las obras. Me reí pensando que ya no había peligro. Recuerdo que tenía una remera gris claro con flores blancas que me quedaba un poco ajustada y que ahora todavía veo en casa hecha trapos para limpiar pinceles. Paso y el albañil que estaba en la vereda le grita al otro: ¡pará, que pase la señorita! Disimulé una sonrisa, que dudaba en transmitir o no en agradecimiento a cuidar que no me caiga nadie encima, y además me había dicho señorita, jaja. Todo venía bien, hasta que el otro desde el camión, que ya había visto que me había relojeado antes de pasar, grita: - dejo pasar a la vaca. Ésto escucho al dejarlos atrás. Como me pasó con el que me gritó cuando venía del chino, me enfurecí al instante, pero no dije nada, sólo apuré el paso sonrojada y gritando en mi mente y susurrando improperios y toda una serie de frases xenófobas, entre ellas la más leve era:¡ volvete a tu país!, lo que agregó combustible a mi malestar , digo esto de ver que frases puedo articular en un momento de ira. Empecé a pensar que mi sobrepeso era leve, al tiempo que me contestaba que una mujer gorda tampoco tenía que ser llamada así, vaca, y encima la culpa me hacía sentirme mala de pensar que al pobre animal que comemos y antes maltratamos, siendo tan manso y en India venerado, pero yo no estaba en India y que me griten vaca me aguijoneaba el ánimo, y encima no había sacado algo de este enojo al exterior, recién lo conté en terapia a los gritos, porque si lo compartía a mi marido, tenía miedo de ver qué me hubiera respondido, o qué efecto tendría. Como mis eternas dietas nunca mostraban mucho cambio, terminé por no sacar más la remera de flores a la calle.
   Punto aparte, volvamos a la anécdota de la señora y el cierre, que en este instante se empieza a dibujar de nuevo en la memoria. Había ido en febrero a caminar a la plaza de mañana, donde suelo caminar a paso vivo, lo más rápido posible y las ideas pasan , revolotean , languidecen, aparecen otras, dicen que es por las endorfinas. En la segunda vuelta veo a la distancia una pareja de viejitos caminando lento por el camino de baldosas, el mismo que lejos todavía y de frente a sus espaldas, recorro yo. Cuando me voy acercando, veo que ella tiene el vestido con el cierre totalmente bajo, se le ve la tira horizontal del corpiño y medias o la bombacha alta. El botón de arriba al comienzo del cierre está cerrado, entonces la abertura deja ver lo que dije. Obvio que se olvidó de subirlo pienso. Me voy acercando, dejando las ideas que transitaba pendientes, y ya debatiéndome qué hacer cuando esté cerca de la pareja, todavía faltan unos cuantos metros porque ellos también caminan y ya saben ustedes que tantas cosas pueden suceder en segundos, sobre todo en la mente. Al ver la pareja dudo en qué hacer , si avisarle a la mujer o no, me debato porque se me desparrama un arco de ideas de cómo interpretar el hecho, primero pienso desde un costado moral, que está mal dejar a la mujer sin avisarle, también pienso qué pasaría si yo fuera esa mujer, y en ese momento pienso que quizás ni me importaría, pero gana la idea de avisarle y cuando me voy acercando, me asalta otra idea: ¿y si ya sabe que su vestido tiene el cierre roto y no lo sabe arreglar y no tiene dinero para cambiarlo? Y ¿si yo le aviso y la incomodo? Y ¿si le aviso y me dice que se dio cuenta , y que ya se va a su casa, me agradece pero se avergüenza? y ¿si le digo y me dice que está a su aire, que no sea tan purista o hasta puritana? Pienso todo esto y en pleno torbellino tomo insegura la decisión de pasarlos como alambre caído, cuando - ni bien lo hago- escucho el siguiente diálogo comenzado por la voz de una señora que balbucea algo del cierre, a lo que le responde otra con un excitado ¡¡¡Gracias!!!, se ríen , detenidos y hablando los tres, esa imagen me queda de verlos – dándome vuelta al fin- en el momento en que una mujer le está subiendo el cierre a la señora. Pienso al retomar la caminata que la originalidad es atractiva, la frondosidad de ideas embriaga, pero qué útil es a veces el sentido común. Y ahora, que tengo que titular el escrito, le pongo todo eso que palpita entre las palabras.


                                                               A.C


domingo, 14 de enero de 2018

Ninguna era conocida nuestra


Leemos El cuento de la criada, de Margaret Atwood:

"Pero vivíamos como siempre. Todo el mundo lo hace, la mayor parte del tiempo. Pase lo que pase, es como siempre. Hasta esto, ahora, es como siempre.
Vivíamos pasando por alto, como siempre. Pasar por alto no es lo mismo que ignorar, requiere un esfuerzo.
Ningún cambio es instantáneo: si te agregan agua cada vez más caliente en la bañera, podés morir hervida antes de que te des cuenta. Y había noticias en los diarios, por supuesto, había cuerpos, en las cunetas o en el bosque, apaleados hasta morir o mutilados —abusados, como decían—, pero esos cuerpos eran los de otras mujeres. Y los hombres que hacían esas cosas eran otros hombres. Ninguno era conocido nuestro. Para nosotras las noticias del diario eran como sueños, pesadillas que soñaban otras. 
Qué terrible, decíamos. Y sí, eran terribles pero no creíbles. Eran demasiado melodramáticas, tenían una dimensión que no era la de nuestras vidas. Nosotras éramos gente que no salía en los diarios. Vivíamos en los espacios en blanco al margen de lo impreso. Eso nos daba más libertad.
Vivíamos entre las líneas de las noticias".







La novela de Atwood , que se hizo una serie muy exitosa, es una distopía en un futuro cercano donde las mujeres dejan de tener las libertades adquiridas hasta el momento, en un régimen represivo donde la maternidad subrogada es la regla. Y el paso a ese régimen se da lentamente, de manera que la población se va acostumbrando también muy lentamente, por ejemplo, a la cada vez más alta tasa de femicidios.

A veces, las muertas son conocidas nuestras. Y tomamos dimensión de los hechos concretos. Es una de nosotras. No es una pesadilla que sueñan otras. 
Ya no oiremos tus dulces risas en sala de profesores, dulce Gisel.





DC

viernes, 12 de enero de 2018

Instrucciones para maquillar el llanto nocturno



                                                                                         

   La asimetría de las protuberancias, bolsitas y arrugas temporarias, puede ser corregida con delineador negro, en un trazo modulado, más bien grueso. Y siempre observando la relación entre ambos ojos. Quizás uno esté más cerrado, abultado como hongo cabeza de mono, pero en miniatura.
   Si le quedan ganas de seguir llorando y tiene que salir (para trabajar o lo que sea) puede recurrir a: La memoria emotiva, buscando velozmente en la memoria una o más situaciones que usted sabe, la hicieron reír mucho: como una caída sin consecuencias graves, o algún gag accidental en una fiesta, entre otras, y revívalas, recordando los detalles con minuciosidad.
   Si no es suficiente, o si no tiene buena memoria, o si nada la hizo reír tanto en la vida, o si la tristeza nubla el recuerdo, le propongo un juego (Leer sólo los que aman jugar, y / o competir, y/o tuvieron una niñez con muchos momentos de diversión) Piense que vuelve a ser niña: se lo tiene que creer prácticamente, no al borde de la psicosis, sino en un “como sí” teatral. Sienta, vivencie, que empieza a participar de una competencia con otros niños. Busque en el arcón de pandora a niños con los que den ganas competir, me entiende, porque si no puede que usted lo deje ganar y fracasa el intento. Aunque vaya en colectivo, caminando por la calle, manejando algo: desdóblese y véase de niña en una ronda con otros niños. La idea es que usted juegue a competir a quién aguanta las lágrimas, quién no derrama ni una. ¿Se acuerda que estaba el juego típico de aguantar la risa? Éste sería con lágrimas. Sí, suena descabellado porque justo no van a coincidir varios niños con ganas de llorar al mismo tiempo, salvo que – entre tantas eventualidades- se encuentren en un velatorio de un ser querido, o que se les haya incendiado la cuadra donde viven como vecinos y perdieron todo, o que un nefasto escuadrón anticanino acaba de matar a sus mascotas. Elija, o cree – si lo necesita- la motivación de las ganas de llorar; y después, con o sin ellas, sumérjase en el juego. Y vaya por la ciudad resistiendo las lágrimas en ese ideal juego en que le da una mano su niñez.
   Si no funciona nada de esto, porque cree que son pavadas, pero no quiere llorar por la calle, porque se le corre el maquillaje, o porque teme llamar la atención, no quedará otra que aconsejarle que se entregue al llanto. No tema vivir la sensación similar de estar desnudo frente a una multitud cuando no se lo desea por nada del mundo, multitud que la mira perpleja, burlona o vaya a saber con qué variadas percepciones. No. Va a comprobar algo, o muchas cosas. Según estadísticas propias, lo más probable es que nadie la mire, y si la ven llorando- a no ser que lo haga a los gritos (y sobre el particular carecemos de estadísticas)- nadie le preguntará nada. Así es la ciudad en un día ordinario como hoy. Entonces, vuelvo a sugerirle que se entregue al llanto, no olvidando llevar pañuelos descartables, toallitas desmaquillantes, espejo, para lo que debe elegir la cartera adecuada. También obviamente es muy útil llevar anteojos de sol, que ocultarán la hinchazón y cuidarán a sus ojos -sensibilizados por la irritación- del sol. Si usa lentes para miopía, es imposible calzar sobre ellos los de sol. Elija qué privilegiar: el alcance de su mirada, u ocular el llanto o sus estragos. Nuevamente recuerde que lo más probable es que no llame la atención de nadie de manera especial. Tranquila. Es sólo un llanto, no es eructar o cosas inapropiadas. Lo que puedan pensar de usted es tan variado, que no le conviene imaginarlo, salvo para distraerse. Temer mostrarse como una niña asustada siendo adulta, o débil, o loca, tampoco tiene tanto sentido. Todo eso está en su cabeza.
   Si tiene que interactuar con otras personas, y ocurre que le ven los ojos como hongos cabeza de mono, puede decir – según el grado de intimidad con el interlocutor- que tiene conjuntivitis ( si es obsesiva antes busque en internet síntomas, tratamiento, nombre del medicamento, por si le preguntan), o rinitis estacional o crónica, o que comió con mucha sal anoche y que encima tomó un poco más de alcohol de lo habitual y – si tiene mucha confianza con quien conversa-: agregue que se está por indisponer ( sí, todavía le viene), y bueno, que todo eso le produjo retención de líquidos y explota en los párpados. Si mientras desgrana estos argumentos u otros de su creación, le brotan las empecinadas lágrimas y se lo señalan (porque algunos las verán y ni mú, pero otros…) muéstrese sorprendida, acompañando el gesto con alguna frase de ascensor: - ¡qué cosa rara! No sé, rarísimo…algún virus, y alguna tosecita y cambia de tema o se calla, porque seguro algo le van a decir (seguramente anécdotas escabrosas de cuadros virales)
   Si, en cambio, se encuentra con un amigo o un alma afín, o un alma libre (o alguien, porque quizás no crea en el alma), dígale lo que ocurrió:
    - lloré toda la noche.
Lo más probable es que le pregunten por qué. Sobre cómo actuar en ese caso, lo dejo a su criterio. Si no tiene amigos, o terapeuta, nadie en que confiar intimidades digamos, vaya a su diario íntimo y escriba allí lo de lloré toda la noche. Si vive acompañada, y teme que alguien lea esta catarsis, invéntese una escritura – de paso juega un poco- estableciendo un signo para cada letra del alfabeto, y ahí se despacha. Sugerencias: para la letra A ponga más de un signo, para la R y la S también, porque son las que busca primero un eventual decodificador , ya que son las que más se repiten. Este método de la escritura tiene algunos problemas, tiene que esconder también la tabla de equivalencias, o memorizarla, lo que es muy complejo si no la ejercita- y vio que con aceleración de la vida cotidiana actual es complicado, aunque no imposible. Otro problema es que releer lo que escribió es arduo.


                        Andrea Cacho. Dibu de los 12 años con escritura inventada
                                            

   Si desestima este método porque lo ve intrincado, infantil o lo que sea, le recomiendo la catarsis escrita simulando ser la crónica de una película poco conocida, o una novela que leyó o le contaron. En este caso cuenta en su diario la impresión del film o novela, y se desnuda, diciendo por ejemplo: Una vez con la cabeza en la almohada, la mujer no podía dejar de llorar, y una catarata de pesares peleaban por adueñarse de ese llanto…y ahí cuenta los motivos; y para despistar concluye su opinión sobre la obra, si demasiado melodramática, si banal, lo que se le ocurra, de paso se analiza. Si la escritura tipo jeroglífico o la falsa crónica no le interesan como recurso, y si anida en usted la vena poética, le sugiero escribir unos versos, un poema con retazos de las sensaciones, verá que es más fácil al no ser necesariamente narrativo, contar. Por ejemplo, puede incluir versos como:

“...la tristeza
 me divide el pecho 
 y en la zanja no hay renacuajos…”

   Sólo usted sabe, querida, que en esa zanja llena de lluvia de su niñez, había renacuajos y adoraba jugar con ellos embelesada por el interés y el asombro de su aspecto. Intentar atraparlos, sentir cómo se escurren entre los dedos, es una sensación que siempre la acompañará.
Si no se le da por la poesía, y le gusta dibujar, haga un dibujo. Lo puede hacer en su diario o fuera de él, sí, en una hoja grande. Si lo desea tome un espejo para captar una expresión con la que sintonice. Y derrame sus lágrimas. Si después lo muestra, y le preguntan por qué esa mujer llora, responda lo que desee.




                                                                                                      Andrea Cacho




   Si, tomando alguna de estas estrategias, las lágrimas quieren asomar esa mañana en que usted tiene que salir por la ciudad, tome unas hojas de resma, escriba todos los motivos que cree motivaron el llanto nocturno, luego queme los papeles. Si es complicado por el tipo de vivienda donde vive , o porque teme se le reactive cierto rasgo piromaníaco que la visitó en su juventud, desestime este método.
   Por último sólo me queda aconsejarle que tome esas hojas de resma, una lapicera que escriba rápido y, mientras las lágrimas están por rodar y le queda todavía un rato antes de salir, escriba algo que le gustaría leer en esos momentos, como  unas Instrucciones para maquillar el llanto nocturno. Escriba bajo ese título todos los consejos que le vengan en mente. Si tiene un blog en el que publica, súbalo, puede ayudar a alguien más, si alguien lo lee. Un poco de humor puede hacer nacer un sol que aliviane:“…ese peso húmedo que sale por los ojos.”

                                                                          
                                                                               A.C




domingo, 31 de diciembre de 2017

31 de diciembre




                                                       La fiesta está en otra parte. Andrea Cacho
                                                                           

Siempre estaba la fiesta,
esa a la que no me invitaban.
Sabía que transcurría en otra parte.
Se filtraban voces
y un sonido
como una cinta continua de música
a lo lejos, muy lejos.
Y me dolía la oreja
de estar aplastada contra la almohada
mientras esperaba quieta el sueño.
No hacía falta cerrar los ojos,
se veía siempre negro.

Hoy es 31
las fiestas se expandirán.
Pero ahora es distinto.

Con o sin tristeza,
puedo llevar la fiesta
adonde vaya.


                         A.C

miércoles, 27 de diciembre de 2017

controll





                                                                                                        AC

domingo, 24 de diciembre de 2017

Sesión de odontología: De Bathory a Dr G



                                                 
                                               Erzsebet Bathory: La Condesa Sangrienta...


Si mi primera periodoncista a la que llamaba “Bathory” me daba miedo, encontrarme hoy con la doctora  Alegría me sumió en el pánico. Me daba buena espina su apellido, pero me confirmó la arbitrariedad de esta relación. Ya sé que todos conocen a alguien que tiene un apellido que concuerda con su profesión o algún rasgo, pero sólo son casualidades y punto; digo esto y me desdigo,  porque en algo los apellidos deben condicionar. Prefiero no hablar del mío y si me condiciona. Es otro tema. Ahora sólo quería contar la agresividad de Alegría con mi dentadura, gancho en mano,  saltaba la sangre, me pinchaba a cada instante las encías, haciendo que pensara que en cualquier momento un diente quedara enganchado en el metal y saliera expulsado de mi boca, y ahí sí  ahí sí que arremetería yo contra ella: C  contra Alegría, y ahí sí la cagaba a palos con la furia contenida de ver que su labor como odontóloga brillaba de despersonalización: ¡es una boca querida! ¡tratame bien! gritaba mi pensamiento, pero yo mudita, sólo consolándome con este futuro escrito. Mientras transcurría el breve pero intenso ataque, me llegó a preguntar si tenía alguna enfermedad o tomaba medicación, porque veía como anormal que sangrara tanto. Como no me dejaba responder porque seguía escarbando en mi boca abierta, le hice seña con la mano que no, y ensimismada murmuraba en mis fantasías: ¡Sangro porque no embocás un puto diente, clavándome a cada rato tu gancho en plena encía! Porque encima todo fue sin anestesia, como me preguntó si la prefería o no, y entendí que sólo iba a trabajar en una muela, le dije que no. Tampoco me agrada eso de andar con la cara dormida, mordiéndome sin querer las carnes de la boca al almorzar. A cada rato me decía: escupí, tenés mucha sangre, y sí, escupía coágulos y todo, tanto, que llegué a pensar que se relacionaba quizás con que estaba menstruando copiosamente. Mis conocimientos del interior del cuerpo son muy escasos, pero así y todo me reí con la loca equivalencia, y la desestimé. Por último, Bathory 2 llamémosla, me dijo que debía sacarme la muela del juicio, que provocaba todo un descalabro a la muela vecina. Enseguida tuve miedo de perder todavía más el juicio, después pensé que con los años también viene esto de los dientes, mamita querida. ¿Y encima llega el momento de hablar sólo de médicos? ¿como la tía B ?  No, no, no, sólo lo cuento porque quiero decir todo lo que no dije y quería decir, en mi estilo: a destiempo.



Parte 2:

Alegría - ansiosa-  me dice – después de escribir en una receta- que vaya al tercer piso, donde está el doctor G , el cirujano que me extraerá la muela  del juicio. Subo la escalera pensando en lo que me dijo un amigo : cuidate de los odontólogos , y me sacude el temblor de dudar si estará bien la pena de muerte para mi muela, por molestar a otra. G me recibe con una sonrisa blanca, grande, brillante, en oposición a la mía, más bien modesta y nerviosa.  ¿Por qué tan sonriente este hombre?, me preguntaba, descarté rápidamente que se sintiera salvajemente atraído por mí, porque enseguida me espetó: señora, deje sus cosas ahí y siéntese allá, con tono seco. Debe sonreír porque estaba solo en el consultorio, y en la sala de espera no había nadie siendo una hora tan concurrida. O tal vez sonríe porque le mandaron una para el bisturí. Pensé en mi amiga María y en su típico comentario: te inventan estudios, intervenciones, para facturar…Y bueno, conversé con su fantasma:- no voy a hacer una junta médica, o pasar por otros Bathory para comparar. Me entrego. Ya una vez en el sillón, al pie del cuál G con su sonrisa me aconsejó: póngase cómoda, lo que me trajo de inmediato a la mente las películas de Hollywood, con la frase: ahora vengo, me voy a poner cómoda/o. Todo ese prolegómeno terminó cuando me dijo -abra la boca, me miró fugazmente, y sonriente me dijo – va a ser muy fácil. ¿Sí? Le pregunté por inercia, sin esperar gran cosa de la respuesta. Fue: sí. Agregó que ese día comiera normal, que sólo duraría media hora. Tanto para una muelita, pensé. Una eternidad. Nos saludamos, me puso la mejilla, beso sin contacto, en el aire, y sonriendo dijo: va a estar todo muy bien. Faltan dos semanas. 


Parte 3.

Fui con ánimo subterráneo, pensando que ya no tendría más mi muela, como si a un edifico se le cayera mampostería, o una gárgola, porque esta muelita parece que tenía algo de monstruo, al menos por las molestias que traía a la boca, una inadaptada, bah. No pude dejar de imaginar al odontólogo haciendo fuerza con una pinza para extraer la pieza, que seguramente, opondría alguna resistencia, es que ella en sí estaba sana.
G me dio la bienvenida con su amplia sonrisa, estaba acompañado de una asistente. Me preguntó cómo estaba, le dije que bien, con una calma casi adormilada, más motivada por el miedo que por la sensatez. Así, muy bien, me dijo, celebrando mi actitud.
Una vez en el sillón, me advirtió de los pinchazos por la anestesia. Diría que ni me enteré, la verdad es que casi nunca me molesta un pinchazo, quizás porque de chica me gustaba presumir que era valiente con las temidas vacunas.
G se puso a hablar con  la ayudante y me incluía en la conversación. Contaba que compartía experiencias de su profesión con colegas en facebook, por ejemplo. Le dije mentalmente que podría contar experiencias con pacientes  de modo literario. Como no me contestó, inferí que la mente no la lee.
Mientras G buscaba sus herramientas, me contó que era muy caótico en su casa con el ordenamiento de los objetos, pero en el consultorio era muy ordenado. No al punto de la obsesión aclaró. Personalidad disociada, le dije bromeando. Y le comenté – sin dejar de pensar en mi muelita- que me suelo  mover entre breves momentos de vuelta al orden, en un largo caos. La ayudante también bromeaba con su desorden. El médico me preguntó si no conocía el método oriental del orden de la doctora…no me acuerdo, que estaba en youtube, y que lo había ayudado mucho. ¡¡¿Hay que mirar tutorial también para ordenar los cajones?!! Pensé cómica, pero le dije: no, no lo conozco, lo buscaré.
Tras la breve conversación, llegó el momento. Me preguntó: ¿está lista? A veces me tuteaba, otras no. Me daba pudor sentir cierto optimismo de trasuntar algo de juventud. Vamos a ver cómo viene, me dijo, abrí la boca. Ni bien toma la muela con la pinza dice: a ver, a ver. Y al segundo dice: ¡ya está! Quedé perpleja, en un segundo y sin sentir ni una pizca de dolor, me había sacado la muela. Me dijo que intuía que era fácil, pero no tanto. Le respondí contándole brevemente lo que había imaginado, él tirando con la pinza, mi cabeza sacundiéndose a los lados, sólo esas dos frases. Genial, le dije. ¿Quiere verla?, me dijo, volviéndome a sorprender. Ahá, dije, ya que lo vi con cierta impaciencia en su invitación. La miré fugazmente,  sólo recuerdo una muelita chata, con las raíces largas, y todo rojo. Vuelvo a girar la cabeza, y él me vuelve a decir: ¿la querés ver de nuevo? Porque va a residuos patológicos… Me causó mucha gracia que él le diera tanta importancia al cadáver, pero con mi rostro impávido, le dije bueno, la vi de nuevo casi en un fuera de foco. Intuí que me la ofrecía para llevármela a casa, pero ya no junto piezas dentarias.
Me felicitó con cordialidad por mi actitud y simpatía. Yo les agradecí a ambos y me fui. La verdad fue un momento cálido, como una escena de comedia tranquila, todo bien, sin dolor, humor, celeridad, calidez. Me trataron bien, les gusta su trabajo, no sentí la  despersonalización. Después, llegó a mi casilla la encuesta de la prepaga con múltiples ítems sobre cómo podría calificar la experiencia. Todo 10 puse. No sé en qué grado influye en la actitud de los médicos esta encuesta. Me cuesta hilar fino entre la perspicacia y la suspicacia. Crucé la calle fantaseando un plano cenital, donde yo me iba y la muelita quedaba , y nos alejábamos, y ya que últimamente me peso bastante seguido y especulo si los gramos más o menos son por el tipo de zapato, campera, si llevo llaves encima, y cosas por el estilo, me reí pensando si ahora pesaría menos sin ella. Y ahí me acordé de la película 21 gramos, y la hipótesis que era el peso del alma, porque al morir se pesaba 21 gramos menos. Y concluí que sí, que seguro peso unos gramitos menos. Después, vinieron pensamientos sobre la parada del colectivo, el repaso de la jornada laboral que me esperaba, y otras yerbas,y la muelita se esfumó.

Sólo una trivialidad, una especie de tiempo muerto, en un casi no lugar como un consultorio ( a no ser que pase algo importante) un paréntesis donde jugar observando todo , ver cómo son esos otros, que quizás no vuelva a ver. Un respiro , con algo de candidez, en la trama compleja, variopinta y feroz de la vida.



 AC





viernes, 15 de diciembre de 2017

No quiero estar enamorada






Incongruencias como poner los anteojos en la heladera.
Levantarse a la madrugada como si fuese el mediodía,
sonreír sola por la calle, con alguna carcajadita,
aunque alrededor reine la hostilidad,
conocer involuntariamente
distintas etapas de  carbonización de los alimentos,
tener sueños húmedos,
pesadilla húmedas,
ropa húmeda,
mirada húmeda.
Basta.
Supongo que en una semana
puedo manejarlo.
Pasará.
Tengo martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo, lunes:
todo eso.
Una vez , en una semana me olvidé de una tragedia.
Puedo con esto.
Me llenaré con algo.Alguna novedad, algún postre, una serie, algo, yo sé.
Perderé una gema,
como perdí mis aros escarabajo
en un triste descuido.
Esta displicencia ,
quizás no sea una pose,
o sí.
Sí, es.
¡Yo qué sé!
¡Basta!
Quiero volver a la senda.
Tengo mucho que hacer.
Basta.
Flechas: ¡toquen al aire, y
mí no me toquen!

                                                           M.H



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Bachelard o por qué no miro.



                                                                     Ilus: Andrea Cacho




Odio ver deporte, la felicidad es practicarlo.
Lo mismo con las películas porno.
Lo mismo con el arte.
El colmo de la autorreferencialidad.
Pero leer lo que escriben los otros: todavía sí, quizás porque no me siento escritora posta.
Ver lo que filman otros: ya casi no. Mismos motivos que arriba.
Me lo paso en los teatros, porque todavía no me animo a actuar.
Quizás es ensimismamiento, como decía mi madre. 
O que antes de producir algo, hay un aleteo que no quiere ser interceptado por lo que hicieron otros, tal vez una fantasía de pureza de algún tipo, de una búsqueda mal planteada de lo genuino, un obstáculo epistemológico.
Miro poco, salvo las omnipresentes redes que ya saben. Mientras bajo las persianas, igual todo sigue existiendo en todos los rincones, floreciendo y bullendo , sin mí.


                                                    Luisa R.



Clima de época o el eterno retorno de lo peor



                                     
                                                                              Ilustración: Andrea Cacho         


                                                        Mientras le reza a su dios
                                                       para que su niña sea feliz
                                                  y proclama educarla en el amor,
                                        bromea  e ironiza sobre la muerte de un joven
                                                          asesinado por el estado
                                                                   por apoyar
                                                               una causa digna.


                                                                               M.H